Mostrando entradas con la etiqueta Capitulo 18. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Capitulo 18. Mostrar todas las entradas

diciembre 05, 2011

El placer es mio... - Capitulo 18

Estamos a nada de su final, los cabos que parecen sueltos se atan, otros permanecen bailando en la insertudumbre de los desconocido y la duda, el misterio se hace presente y todos corren el riesgo de caer en el hoyo negro. Disfruten del antepenultimo capitulo de El placer es mio...


Nota del autor: Mi Adis, pateemosle las bolas al Señor Pene Feo! :D
Y atentas porque pronto se estrena ¡Maldita delicia 3! :D♥

Capitulo XVIII


Se miraron a los ojos un par de minutos. Sin perder detalle. Entendiéndose.
-Gracias, Noah… Eres un buen tipo – sonrió.
-No siempre soy un buen tipo. Como cuando te encerré en mi despacho, en serio lo siento…
-Ya… - levanto los hombros restándole importancia. –Es pasado. Me asuste, creí que me matarías… Eres enorme – jadeo.
-Soy enorme, no un cavernícola – bromeo.
-Un enorme cavernícola…
-Tu eres como un… - la miro entornando los parpados. –Como una gatita…
-¿Una gatita? – inquirió levantando la ceja.
-Si, fiera y coqueta…
Kenzi se quedo sin palabras.
-Tengo que irme – Noah se alejo de ella. –Cualquier cosa estoy en el Spa – con rapidez salió del lobby del edificio.

-¿Es tu novio? – apareció Jace.
-No – contesto mirándolo. –Adiós – comenzó a subir las escaleras. Esta vez no corría. Iba serena. En paz. Era una guerrera, no una gallina. No lloraría más por ese cretino de mierda. Nunca más. Él se lo perdía.

Llego a su departamento y se recostó en su sofá sin nada más que hacer que pensar en lo que ahora haría con su nueva vida. Se sentía una mujer nueva, renovada. Libre. Ligera como una pluma y fuerte como el acero. Solo necesitaba ese empujoncito para dejar el pasado donde debe de estar. Dejar ese asqueroso suceso de su vida y ser nueva y feliz como siempre había sido.
Los tropiezos nos hacen mejores personas. Siempre lo pensó así. No importa cuántas veces caigas sino como te levantes.

***

Lizzeth abrió los ojos y sonrió cuando sintió el cuerpo de Vincent removiéndose a su lado, cálido y duro bajo su toque. Se sentía feliz de haber encontrado un hombre como él. La noche había sido magnifica y placentera.
Salió de la cama muerta de hambre y un poco adolorida. Aun así, no logro desaparecer la sonrisa que bailaba en su rostro.
Preparaba algo de café y pan con mantequilla cuando Vincent apareció frente a ella solo con los pantalones puestos. Descalzo y con ese cabello revuelto que la enloquecía.
-Buenos días – sonrió y se inclino sobre la barra de la cocina para darle un suave, pero caliente, beso.
-Hola… - murmuro ella envuelta en calor y deseo.
-Huele bien – cruzo la barra y se acerco a ella. -¿Te ayudo?
-Tengo todo bajo control – levanto ambas cejas y sirvió el café recién hecho en dos enormes tazas, y en dos platos coloco los panes.

Desayunaron sobre la barra, platicando acerca de su vida como estudiantes y después como personas útiles en el mundo. Vincent no podía dejar de mirarla. Los enormes ojos celestes de ella le enchinaban la piel. Y él no se podía creer lo que vivía. Lizzeth era la mujer de su vida, lo sabía. Lo podía sentir dentro en sus entrañas, en su pecho cuando latía locamente su corazón al mirarla. Y más aun cuando ella lo tocaba o lo miraba. El mundo cobro vida cuando la conoció.
Recordó entonces cuando la observaba a hurtadillas en la estación del tren.
Ahí estaba ella. Con su reluciente cabellera larga y rubia, envuelta en su abrigo, hermosa. Elegante. A veces la encontraba con una chica de cabello rizado –Marion – ambas riendo. Se sentía un acosador. Siempre siguiéndola. Era increíble que ella viviera solo a dos edificios del de su hermana. Así tenía el perfecto pretexto para bajar en la misma estación que ella, caminar detrás o si se sentía heroico, a un lado.
Escuchaba música mientras iba de regreso a su departamento, él varias veces la pillo cantando y repasando líneas de lo que parecían obras de teatro. A veces iba tan distraída que las personas tenían que jalarla del brazo para que ella no cruzara la calle.
Pasaba largos minutos admirando las muñecas de porcelana en una tienda antigua que estaba a dos calles de su edificio. Picaba el cristal con el dedo y hacia caras tiernas al mirarlas. Después soltaba un largo suspiro y continuaba su camino. Entonces Vincent aprovechaba y miraba el aparador. Al menos un par de miles constaban esas muñecas, eran preciosas, si, pero muy costosas.
Después de tanto tiempo de acoso, finalmente la encontró una tarde platicando con Jennifer. Se mantuvo fuera de la cafetería, observando cómo se sonreía. Como sus ojos brillaban. Sus facciones angelicales se acentuaban cuando ella reía. Nunca una mujer pudo ser más femenina y tierna. Era indescriptible la forma en que su rostro hermoso se conjugaba con su cuerpo curvilíneo y desquiciante. Y él aun se preguntaba cómo es que lucía tan inocente y tierna después de lo que le hizo en la cama hace unas horas, en la madrugada y parte de la mañana. Era sorprendente que luciera como una tierna mujer.
Sin embargo él sabía que era una fiera, más en la cama.
-¿Por qué me miras así? – acuso Lizzeth.
-¿Así como? – se hizo el loco. La miraba con adoración. Él lo sabía.
Se sentía más que afortunado esa mañana. Qué alegría que ella lo sedujo y lo condujo al mayor de los placeres y con las luces encendidas. ¡Dios! Se veía deliciosa.
-Así… - arrugo la nariz.
-No entiendo, Liz – alzo las cejas.
-Deja de hacerlo… - jadeo. –Me pone…
-¿Cómo? – urgió, inclinándose sobre la barra, mirándola más de cerca.
-Caliente… - confeso con las mejillas coloradas. Sudando de inmediato. -¡Basta!
Vincent soltó una grave carcajada, salto la barra de la cocina y la tomo de la cadera.
-¿Qué tan caliente?
-Pensé que eras un caballero – frunció el ceño.
-Lo soy – confirmo. –Solo es una pregunta…
-Yo… - tomo aire. Lleno sus pulmones de la fragancia de Vincent.
Sus manos volaron al torso desnudo de Vincent, pasando sus dedos por cada musculo ligeramente marcado. Era delgado y fuerte.
-Oh, Vince – gimió. –Me siento…
-Dilo – exigió Vincent, bajando las manos a su cadera, donde reposaba un pantalón cortísimo de dormir, que cubría su trasero volviéndolo loco. La curva de sus nalgas estaba a su alcance. Él estaba listo para escucharla gritar. Quería escuchar de nuevo como ella gritaba su nombre. “¡Oh, Vincent!”. Su miembro se endurecía más en cada embiste cuando ella gritaba y le arañaba la espalda. “¡Más, por Dios, no te detengas!”. Nunca esos diálogos de película porno se habían escuchado tan dulces y excitantes. Tan exigentes y letales. La voz de Lizzeth era dulce, un canto de sirena que lo atraía como si lo hipnotizara. “¡Si, oh, sí!”. La quería escuchar de nuevo. Esta vez… En la barra de la cocina.
-Dime como te pone… - susurro cerca de su oído. Causando un estremeciendo por parte de ella. -¿Cómo, no escuche?
-Cuando te pones caliente te da por ser mandón, ¿verdad? – murmuro ella, entre divertida y nerviosa.
-Algo por el estilo.
-¿Algo por el estilo? – repitió, levantando una ceja.
-Sabes que quieres decirlo y yo quiero escucharlo, Liz – bajo los labios a sus hombros y lamio hasta llegar a su cuello.
-¿Sabes que creo? – inclino el rostro para que él continuara su camino de húmedos besos.
-Dime…
-El que está caliente es otro – acuso. Su mano voló hasta su dureza. Vincent gruño. -¿O me equivoco?
Él sonrió encantadoramente.
-Estas un poco… equivocada.
-¿Por qué? – lo acaricio sobre la tela vaquera de sus jeans.
Apretó las manos sobre la cadera de ella. Lentamente cubrió el trasero de ella con una mano y lo amaso. De inmediato, Lizzeth jadeo. Él no se detuvo y metió la mano dentro de sus pantalones cortos, como suponía, ella no llevaba ropa interior. Sus dedos curiosos encontraron de inmediato la humedad que la delataba. Tibia y jugosa.
-¿Ya sabes por qué? – pregunto con suficiencia mientras la acariciaba.
Lizzeth cerró los ojos y dejo caer el rostro sobre el pecho de Vincent. Su pulso se incrementaba chocando con el duro pecho de él. Las suaves caricias de Vincent sobre su centro la estaban volviendo loca. Los dedos de él esparcían la humedad por todo su sexo, llegando peligrosamente a su botón. Una vez que él abrió sus pliegues con ternura, ella no pudo continuar frotándolo sobre sus jeans. Lo tomo con fuerza de la cadera, abrazándolo.
Sus piernas se abrieron un poco y se puso de puntitas de pie, dándole mayor acceso a su cuerpo, provocándose más placer.
-Tengo una ligera idea – escapo de su boca con un suspiro.
Vincent sonrió. Encontró su botón y comenzó a estimularlo con demasiada lentitud.
-Ya… - gimió audiblemente.
Música para sus oídos. Con ese estimulo de su voz, Vincent acelero el proceso de tortura. Orillándola al placer y deteniéndose cuando ella comenzaba a temblar.
-Mmm… - mordió sus labios echando la cabeza hacia atrás. Él la tomo de la nuca y la beso con fuego en la sangre. –Tómame…
Sin nada más que decir, él bajo sus pantalones y libero su dolorosa erección. Prácticamente le arranco la ropa a ella y la penetro logrando tirar una taza de café al suelo. El estruendo de la porcelana rompiéndose no aminoro el hecho de que ellos estaban más deseosos de satisfacerse mutuamente.

Sus embistes eran potentes. Las cosas en la pequeña cocina de ella temblaban a la par de su cuerpo y su interior. Vincent salía casi por completo de su cuerpo y se unía a ella con un fuerte gruñido de placer. Se impulso tomando la orilla de la barra para poder darle la potencia que ella deseaba cada que gritaba. Sus piernas lo abrazaban por la cadera mientras que sus uñas se enterraban en sus costillas, provocándole una mezcla extraña de dolor y deleite.
Tomándolo del trasero, ella se aproximaba a su placer y se llevaba a Vincent consigo. No falto mucha para que ambos clamaran su propia liberación.

Sudorosos y satisfechos se deslizaron aun unidos al suelo de la cocina, donde un poco de café de grano y azúcar les sirvió de alfombra.
-No recuerdo cuando fue la última vez que me sentí tan feliz – confeso Lizzeth, acariciando el cabello despeinado de Vincent.
-Yo si – dijo él. De inmediato la curiosidad de Lizzeth se hizo presente en su mirada. –Justo cuando te corriste entre mis brazos – agrego con suficiencia y ternura, siendo totalmente honesto.
Sin saber que decir, pues aquella confesión la dejo sin aliento, lo abrazo.
-Dime que no eres un sueño… Pero si es así, nunca me quiero despertar – cerro los ojos, recargando la cabeza sobre su pecho, escuchando su corazón.
-Soy real y soy todo tuyo, Liz – aseguro Vincent, pasando las puntas de sus dedos por la espalda de ella. –Todo tuyo…
-Mío – finalizo ella.

***

Adam estiro los brazos y sus huesos se acomodaron en su lugar con un fuerte chasquido. Marion sobresaltada abrió los ojos.
-Estoy bien – sonrió Adam, tranquilizándola.
-Me puedo dar cuenta de eso – paso los ojos lujuriosa por su carne al descubierto. Adoraba cada tatuaje sobre la piel blanca de Adam. Los dibujos la invitaban a pasar la lengua y los dientes por cada trazo, animándola a marcarlo también.
-Nena, dame un respiro. Apenas es medio día y ya me quieres devorar…
-Para mí no hay hora de comer – guiño un ojo y se envolvió en la sabana arrastrándola hasta el baño.
Adam trago al verla desfilar y salir de su habitación. Escucho el agua caer en la regadera y salió de la cama de un salto. Desnudo, pues así habían terminado después de la lucha de besos y caricias de anoche, él entro al cuarto de baño y se metió en la ducha con ella.
Marion enjabonaba su cuerpo y sonrió cuando lo vio unirse a ella.
-Buenos días – saludo y lo metió al chorro del agua para lavar su cabello.
-Hola, hermosa – tomo la barra de jabón y la paso por las caderas de ella.
-¿Estas de acuerdo que necesitamos una ducha? – alzo la ceja enjuagando el cabello de Adam.
-Creo – respondió y se quito el jabón de los ojos para mirarla. –Anoche nos divertimos con esa crema batida…
-Era mermelada de fresa – corrigió divertida.
-A mi me sabia a gloria – le dio un beso rápido en los labios. Paso la esponja con jabón por sus hombros y mirándola a los ojos la paso por sus pechos y las cimas de estos, mordiendo sus labios. –Eres tan suave…
-¡Adam! – gimió. -¿Podríamos tener una ducha normal? ¿Tan solo esta vez? – hizo un puchero, quitándole la esponja de las manos y lavándose ella misma.
-¿Escuchaste lo que dijiste, Mar? Una ducha normal. ¿Una maldita ducha normal? – jadeo sin podérselo creer.
¿Desde cuándo ducharse con la mujer de tu vida tenía que ser una ducha normal? Él solo veía a Marion y su corazón, incluida su entrepierna, se paraba. Así de simple. Las cosas con Marion siempre fueron simples.
Cuando la conoció no fue amor a primera vista. Fue como si ninguno de los dos quisiera enredarse ni clavarse demasiado en una relación. Salían, se besaban, compartían la cama y las caricias, pero los dos con el miedo a enamorarse el uno del otro.
Poco a poco se dieron cuenta que las salidas al cine, a comer, a cenar, eran más constantes e inevitables, así como necesarias. Ninguno de los dos dijo en voz alta al menos, que necesitaban ser “exclusivos”, y aun sin palabras lo entendieron. Adam no vio a sus ‘amiguitas’ después del trabajo, y Marion dejo de salir con el misterioso chico que andaba tras sus huesitos, del cual solo Kenzi conocía su existencia. “Que salgas con él no significa que vayas a casarte. Y quizá sea mejor amante que Adam”, rezaba Kenzi cuando Marion externaba sus pensamientos hacia con Adam y el misterioso chico llamado Jared. Del cual no supo más nada. Jamás se enredo con él, no quería, y en el fondo sentía que traicionaba a Adam.
Con Jared se sentía identificada. A ella también le gustaba ayudar a las personas. Incluso tomo un curso como enfermera auxiliar. Nunca se sabía cuando se necesitaba de una en casa.
-No seas tan extremista, Adam – comento divertida.
Salió de la regadera y se envolvió en una toalla azul. Adam tardo un poco más en salir. El vapor del agua caliente desapareció y un grito ahogado anuncio que Adam se duchaba con agua fría. Marion sonrió cuando lo vio salir de la regadera titiritando de frio. Chocando los dientes y abrazando de inmediato otra toalla azul.
-Eres una mala persona – acuso. La aparto del lavabo y él se lavo los dientes a la par de ella.
-No lo soy – cruzo una pierna sobre la otra, sentada en el borde de la tina. -¿O sí? – comenzó a cepillar su cabello.
-Si – se inclino a escupir. –La peor de todas – limpio su boca y alboroto su cabello para secarlo con las manos. –Vamos, tengo hambre.
-Igual yo – salió del cuarto de baño y cruzo el pasillo.
Adam la siguió y la encontró desnuda dándole la espalda, buscando en el armario ropa que dejaba cuando lo visitaba o dormían juntos. La miro en silencio mientras ella revolvía el cajón donde Adam guardaba su ropa.
-La última vez recuerdo que deje un conjunto de ropa interior con flores. ¿Qué paso con él?
-Ni idea – Adam termino de secarse y se puso los primeros calzoncillos que encontró, unos jeans y una playera blanca.
-Dime – cruzo los brazos sobre sus pechos. -¿Dónde están?
-Linda, - sonrió – no sé. En serio. Además te va bien en nudismo – le guiño un ojo.
-Ja, ja – ironizo.
-¿Qué quieres que te diga? – Adam ataba las cuerdas de sus zapatos.
-¿Qué hiciste con mi ropa?
-Tienes más, mira – se acerco al cajón y saco varios pares de bragas de algodón, y otros más de sostenes de colores. –Te quedan bien todos.
-No me combinan – frunció el ceño.
-Ah, es eso… - señalo. Te comprare un conjunto nuevo. El otro… - alzo los hombros y movió las manos como restándole importancia. –No sé que le ocurrió.
-Dímelo, lo sabes – lo señalo. Rendida se puso unas bragas de algodón y un sostén negro. –Confiesa, Adam.
Él suspiro.
-Fue una noche solitaria…
Marion jadeo.
-¡Te tocaste… con mi ropa!
-Te comprare otras, lo juro – se apresuro a besarla. –Lo juro.
-¿Gritaste mi nombre cuando te corriste? – pregunto curiosa.
-Cerré los ojos y te imagine – confirmo. –Y si, grite tu nombre cuando termine. Tu ropa… quedo… inservible – ligeras motas rojas aparecieron en sus mejillas.
Marion rio. Meneo la cabeza negativamente y lo abrazo.
-Eres un pervertido… - le dio un suave golpe en el pecho.
-Y fue tu culpa. Odio que me dejes… caliente.
-Te lo mereces – levanto la barbilla orgullosa, terminando de vestirse.

Juntos salieron a almorzar. Marion tenía ganas de caminar, dejando a Adam con la carita triste porque quería subir a su BMW con ansiedad. Finalmente se rindió y camino de la mano de ella hasta su restaurante favorito.
-¡Mond! – estaban por entrar al restaurante cuando Adam se detuvo y busco la voz que lo llamaba.
-Sr. Wyngarden – era su jefe.
El tipo era alto. Casi de la altura de Adam. Con unos ojos claros profundos y letales. Marion se sintió incomoda de inmediato. El hombre ni la miro. Vestía un pulcro traje negro con corbata a juego. Su cabello cortó y su barba de días no dejaba lugar a dudas de que este hombre conseguía lo que quería.
-Espero que todo esté en orden, Mond – lo señalo.
-Sin duda, Sr. Todo está en orden, listo – aseguro Adam con la voz más clara que pudo hacer.
-Bien. Así me gusta… - le palmeo el hombro. –Disfruta tu día, Mond – lo señalo de nuevo y subió a un flamante automóvil negro que lo esperaba con la puerta abierta en la avenida.
Adam lo vio alejarse y suspiro aliviado.
-¿Qué es lo que está listo, Adam? – Marion lo miro curiosa.
-Mi trabajo, nena. El Sr. Wyngarden me tenía con un trabajo pendiente, pero ya lo termine – sonrió apenas. Eso no convenció a Marion.
-Ese hombre… - se estremeció. –No me da buena espina.
-Cariño, - le tomo el rostro – el me paga tan bien que dejo que sea misterioso. Es un hombre poderoso, linda. Con miles de billetes verdes incluso para regalar. ¿Crees que se hizo de su fortuna siendo amable con todos?
-No sé como hizo su fortuna, pero sé que tiene esa mirada de… loco – arrugo la nariz, recordando como esos ojos miraban directo a Adam. Era difícil describir como se sentía.
Solo sabía que el Sr. Wyngarden era todo, menos un buen hombre. Su postura. Su mirada. Incluso la sonrisa que hizo al final antes de subir al auto no auguraba nada bueno. Nada.

septiembre 16, 2011

Maldita delicia, segunda temporada. Capitulo XVIII

¡Viernes!
¡Feliz dia de la Independiencia de México!
Nunca habia dicho eso, nunca! :D Creo que seria lindo que todos los mexicanos al vernos digamos: Feliz dia de la Independencia. ¿Estaria genial, no? Digo... Si nos felicitamos el dia de San Valentin, o en Navidad, el dia del Padre, o del Abuelo, incluso el dia de la Secretaria ¬¬ ... Deberiamos de hacer lo mismo en Septiembre 16 o aun mejor, el dia de los Niños Heroes, o el dia de la Revolucion!! Ok ._. La emocion me carcome el cerebro. No doy para más. Dispensen. El punto de esta pequeña introduccion, es para desearles un buen fin de semana. Ya saben, no manejes si estas ebrio, no atropeyes gente ni todo eso. Porque es malo, muy malo :)
Otra cosa... Se que pocas lectoras se pasan por el blog a comentar, pero... Sepanse que esta temporada de Maldita delicia esta por terminar *.* ¡Harta emocion! Porque luego me la paso pensando en eso que casi me olvido de tocar el timbre para bajar del autobus que me lleva a la escuela XD En serio...
Y un punto más. TENEMOS NUEVO DISEÑO EN EL BLOG. ¿No les encanta? Aaaaw, nuestro bebé esta bien hermoso. ¡COSMICO! Como dijo mi Ale por el mensajero :3 Ahora si, cada columna es de una autora, mis historias en su lado izquierdo de la pantalla, y las de mi Ale en la otra. Simple (: Espacioso. Hermoso. Divis-divis! *.*
Y por ultimo... Amaran este capitulo. Mi Ale lo amara con toda su alma, lo se :D Yo amo el capitulo (: ♥ Pero te amo más a ti mi Ale :D ;)
Cuidence, nos estamos leyendo (:



18. La cama redonda

Que si bien Luna estaba muy segura sobre su plan de venganza hacia Julien, Renata aun tenía sus dudas.

Había empezado a morder sus uñas. El esmalte rojo quemado que adornó sus uñas bastante tiempo se había empezado a levantar debido a sus nerviosos dientes. Los lápices de su escritorio estaban mordidos. Y sus labios ya tenían las marcas de sus dientes por tantas veces que se sorprendía a si misma mordiendo su labio inferior y la parte interna de sus mejillas.

No quería ni mirar a William porque ella juraba y perjuraba que lo estaba utilizando. Su estomago permanecía revuelto, a pesar de que Luna le sonreía diciéndole que William no sería usado, que él sabía perfectamente lo que ellas tramaban y que no tenía nada porque temer.
Pero eso no le parecía a Renata. Que sabía por experiencia propia, como terminaba uno después de ser usado y aun peor, desechado.
Era horrible saberse parte de un juego que no tenía ganadores.

-¿Qué pasa, Renata?
William apretó su mano, haciendo que ella volviera a Tierra después de que estuviera divagando un buen rato, con la mirada perdida.
-No has tocado tu comida – observo el rubio. Su plato estaba intacto. Las moscas se daban un festín. Pero su copa de vino estaba vacía, y ella se aferraba a la base como si fuera un salvavidas.
-Si… - murmuro Renta aun mirando a la nada.

¿Y si todo salía mal?
Julien no la había llamado desde que lo había dejado hace un par de días.
-Ren… - William tomo su barbilla, los ojos de ella lo miraron. –Dime que es lo que pasa, o te obligare…
Ella se estremeció y sus labios formaron una sonrisita.
-Es sobre… - comenzó en voz baja.
-¿El plan? – inquirió sin dejar de mirarla. Ella asintió. –Si… Tus hombros y tus lápices me lo dicen – comento sonriendo abiertamente. –Ya te dije que estoy a tus órdenes. Nada me complacería más que demostrarte que puedes confiar en mí. ¿Bien?
Renata sonrió un poco más. Tomo sus manos y apretándolas susurro un: “gracias”.
De cualquier forma eso no la tranquilizaba.
-Conozco la sensación de ser usado, Will. Y no quiero que tú te sientas así. No quiero. No quiero perderte, eres una estupenda persona. Y que terminemos mal me rompería…
-No me siento usado… - corrigió él. –Aun… - le guiño el ojo.
Las mejillas de ella enrojecieron y su cuerpo ardió.
¿Cómo es que con un simple guiño su cuerpo podía arder y sentirse necesitado justo como ahora?
-Además – agrego dándole un sorbo a su vaso de whisky. –Adoro cuando muerdes tus labios estando nerviosa. Si, justo así… -la señalo.
Renata bajo la mirada, el cuerpo le ardía aun más.
-No tengo hambre…
-Que curioso. Yo si… - levanto una mano y un mesero se acerco. –La cuenta por favor…


William pago, rechazando el dinero que Renata intentaba poner en la mesa. La miro severamente en su último intento de compartir la cuenta de una comida que ella ni toco.
Salieron del restaurante, Renata camino en dirección al edificio donde trabajaban, pero William la detuvo jalándola de la muñeca.
-¿A dónde vas? – pregunto mirándola con el ceño fruncido.
-Al… trabajo – contesto dudosa.
Negando con la cabeza, la llevo a donde estacionaba su auto.
-Hoy conocerás mi casa… - dijo levantando la puerta de su auto rojo, y extendió la mano para ayudarle a entrar a la cabina.
Renata abrió la boca. ¿Era en serio?
Bueno, su rostro no parecía mentir. Entro.

William rodeo la parte de enfrente del auto y entro al lado del conductor. El auto ronroneo cuando él lo encendió y acelero dirigiéndose al tráfico de las 3 de una tarde de jueves.
Cruzaron las calles en silencio. Renata tenía el estomago vacio y justo ahora moría de hambre.
William le rozo la rodilla cuando hizo un cambio de velocidades. Ella lo miro sorprendida y le regalo una radiante sonrisa.
-Lo siento… - murmuro el rubio.
Doblo una esquina y un par de metros más adelante, se erguía un edificio imponente. Era una zona muy elegante y adinerada. Se podían apreciar autos alucinantes, limosinas.
-Llegamos– declaro William deteniéndose para que el Vallet Parking se llevara su auto al estacionamiento subterráneo del edificio.

Ayudo a bajar a Renata que seguía sorprendida. Nunca en su vida había visto un edificio tan grande y a la vez tan lindo. Salvo en los programas de TV.
William, caballeroso mantuvo la puerta abierta para que ella pasara, el portero le sonrió al entrar.
-Sr. Northman – el recepcionista lo llamo a la barra, William jalo de la mano a Renata para que no se separara de él.
-Dime, Stuart… - sonrió amable.
-Su pedido ya está en su departamento. Todo está listo.
-Perfecto Stu – el rubio asintió. Sonrió a Renata que lo miraba entrecerrando los ojos.
La guio al ascensor.


Era raro, ella no podía articular palabra. Sus manos estaban frías y sus dedos temblorosos. Sus piernas apenas actuaban conforme a las órdenes de su cerebro. Mismo que estaba en una lucha por revelar que diablos tramaba William.
El ascensor se detuvo en el último piso.
Las puertas se abrieron y dejaron ver el piso de mármol color crema que estaba en perfecta sincronía con los muebles oscuros y modernos. No había paredes que hicieran que el lugar se sintiera cerrado. Al contrario. Enormes ventanales se erguían dándole al lugar una mayor amplitud. Sin paredes el sitio se veía espectacular.
Renata contuvo un jadeo cuando él la llevo a la sala. Tenía una vista fabulosa de los demás edificios y gran parte de la ciudad, además, la elegancia de los muebles y la decoración. Todo en perfecta sincronía.
Los sofás eran café oscuros, de piel y se veían tan cómodos que ella se imagino arrojándose a uno. Había 3 sofás, uno de 3 plazas que seguro que más de 3 personas podrían sentarse cómodamente; y otros dos de dos plazas. La mesa de centro era de madera y un Jardín Zen enorme estaba en el centro de ésta. El sofá de 3 plazas quedaba de frente a una enorme pantalla de plasma.
Renata soltó la mano de William, se dirigió directo al Jardín Zen. La arena estaba removida, formando pequeños montecitos con los granos. Ella le miro sonriendo divertida.
-Esa mierda no me sirve - bufo con una sonrisa en los labios. -Siéntate, en un segundo regreso - anuncio.
Renata asintió y se arrodillo frente a la mesita de centro, tomo el rastrillo y empezó a darle forma a la arena. Se imagino de pronto a su gato Cartón y el nuevo gatito color humo y ojos verdes que había llamado: Mermelada; revolcándose en la arena gustosos.
¿La razón del nombre? Simple. Luna se había destornillado de risa cuando escucho decir a Renata que quería que la cucharita de Julien entrara en su tarrito de mermelada. Ambas se habían partido de risa, a tal punto que las lágrimas habían escapado de sus ojos.

William regreso a la sala unos minutos después.
La ayudo a ponerse de pie tomándola del codo.
-No tocaste tu comida…
-No tenía hambre – su interior la traiciono y rugió. –Pero ahora si tengo… - agrego.
-Lo sé – William la llevo a su improvisado comedor. Era una mesa blanca redonda con sillas de metal y asientos blancos.
Sobre la mesa había una botella de vino, jugo de naranja y dos copas. En el centro un candelabro de 3 velas, ahora apagadas. Pero lo que llamo la atención de Renata fue esa fuente de chocolate. Había varios tazones de cristal a rebosar de frutas exóticas. Kiwi, fresas, moras, cerezas. Se le hizo agua la boca de inmediato.
-La pasta aun no esta lista – informo jalando una silla hacia atrás para que ella se sentara.
Renata le agradeció con un susurro apenas perceptible para él. William le beso la mejilla y tomo su lugar justo frente a ella. Destapo la botella de vino rosado y burbujeante, lleno las dos copas.
-Brindemos… - levanto su copa. Renata lo imito. –Por ti… - choco su copa y la miro a los ojos. –Porque cada día sea el mejor en tu vida…
Renata se sonrojo. Bebió casi hasta terminar el líquido rosado.
-Mmmm – relamió sus labios, -esta delicioso.
-No tanto como tu – levanto una ceja. La muchacha se sonrojo tanto como las fresas que le llamaban a gritos por ser probadas.
William tomo un palillo largo y delgado y ensarto un par de frutillas para bañarlas en el chocolate. Una vez que las tuvo completamente bañadas y que el chocolate se endureció. Miro a Renata con una sonrisa. La chica contuvo el aliento.
-Sabes… Siempre me pregunte a que sabrías con chocolate – una sonrisa ladina se formo en su rostro. Poniéndose de pie se acerco a ella para tomar su rostro. Renata tenia la boca abierta, no se lo podía creer.
El hombre estuvo frente a ella, tomo una fresa entre sus dedos y se la acerco a Renata. Ella sonrió antes morder la fresa. Era lo más erótico que jamás hubiera hecho. Se mojo de inmediato. Anticipando lo que podía suceder ahí. En el departamento de este hombre encarnando el sexo.
William tomo una silla y se sentó frente a ella. Le acerco una fresa más, pero esta vez la alejo antes de que ella la atrapara entre sus dientes. Un gemido molesto salió de la garganta de Renata. William sonreía triunfante. Recargo su espalda en la silla. Mirando fijamente a Renata, dijo:
-Ven aquí…
Renata relamió sus labios y monto a William con un ágil movimiento. La sorpresa del acto le provoco al rubio un jadeo de júbilo.
-Eso… - acaricio las piernas de ella. Descubiertas por el vestido que portaba esa tarde. Las manos viajaron sobre ella concentradas en sacarle suspiros.
Había olvidado por completo las fresas y el chocolate.
-Pensé que querías conocer a que sabia con chocolate… - ronroneo Renata.
-¡Oh! Es verdad… - Renata iba a bajarse de sus piernas, pero él la detuvo. –No iras a ningún lado… - aseguro, se puso de pie y le tomo del trasero para transportarla hasta la sala.
Una vez ahí, él regreso a la mesa y tomo la fuente y la fruta.
Ella lo miraba divertida ante las caras y los malabares de él para que no cayeran las cosas al suelo. Aparto de un manotazo el Jardín Zen y coloco la fuente y las frutas en la mesa de centro.
-Listo…
Renata sonrió emocionada.
Esta vez, William la tomo de la cadera y la recostó sobre la alfombra.
-¿Qué haces? – pregunto ella acomodándose sobre su espalda.
-Ya verás – subió a ella. Se inclino a besarla, lamiendo la carne de su cuello. Despojándole poco a poco la ropa.


Primero el abrigo. Dejando al descubierto su vestido gris rata. Era una pieza exquisita, de la cual Renata se enamoro de inmediato. Las mangas eran cortas, el escote era recto, a la cintura con una simulación de cinturón que le daba una deliciosa forma, eso según halagos de William. Que apenas la había visto cruzar frente a su oficina, por la mañana, su entrepierna dio un brinco.


Las deliciosas y suaves piernas de ella se dejaban ver largas bajo el vestido, que le llegaba a medio muslo. William se pregunto de inmediato si esa mañana ella portaba liguero. Mientras que los stilletos negros de 10 centímetros de alto hacían estragos con la concentración del rubio. Desde que la vio se había imaginado a Renata solo con ellos puestos al tiempo que la embestía, haciendo rebotar sus pechos.
No había tenido la oportunidad de verla completamente desnuda, solo para él. Seguramente sus más duras fantasías no le harían justicia a la mujer que yacía bajo su cuerpo, a la espera de que siguiera desnudándola y tocándola como solo él sabía hacer.
El rubio comenzó a besar su cuello, buscando disimuladamente el zíper de su vestido. Una vez que lo encontró la miro a los ojos. Renata sonrió y se colgó de su cuello.
La señal que él esperaba llego cuando ella le acaricio el cabello, revolviéndoselo.
Bajo el zíper poco a poco, descubriendo lo que sus más oscuros y bajos deseos esperaban. El comienzo de un liguero de encaje negro. Se contuvo para no gritar de alegría. A simple vista lucia como un vestido recatado, pero a la vez sexy. Era como alimentar las más sucias fantasías de oficina. Y vaya que él tenía muchas sucias fantasías con ella.
Bajo el vestido comenzando por sus hombros, dejando a la vista los tirantes de un sostén a juego con el liguero. Deslizo el vestido hacia abajo mientras su pulso se aceleraba, amenazando su corazón con salir de su pecho.
Cuando la tuvo desnuda y a su merced, se hinco entre sus piernas. Paso la lengua por sus labios. Admirando cada rincón de esa pálida piel.
Tomándola de la cadera, hizo que ella se pusiera de pie, y él de rodillas podía admirar aun mejor cada curva endemoniada de ella. Las manos de ella estaban nerviosas, haciendo añicos su esmalte rojo.
-Eres hermosa… - dijo William con la voz ronca. El deseo le provocaba un nudo en la garganta.
Ella sonrió aun más sonrojada.
No hacía falta que dijera nada. Por el momento.
Acercándose a ella, William abrió los broches que sostenían sus medias con su liguero, ella intento ayudarle pero él la detuvo.
-Quiero hacerlo yo…
Asintió de nuevo, con el corazón latiéndole en la garganta. Sintiendo como golpeaba con fuerza contra sus costillas.
Lo vio pasando la punta de su nariz por su monte de Venus. Lo tomo de los hombros, temiendo desplomarse al suelo. Él subió la mirada, jalando con un dedo el contorno de sus bragas negras de algodón. Poco a poco las deslizo por sus piernas, aun cubiertas por el nylon de sus medias.
Una vez en sus tobillos, William la insto a que levantara sus pies para que finalmente estuvieran fuera de ella.
La mirada celeste de William la derritió, en todos los sentidos.
Sabía que iba a devorarla, pero no sabía que su lengua iba a derrumbarla como lo hizo. Cayó al sofá más cercano y sus piernas volaron sobre los hombros de él, dándole mayor acceso a su cuerpo ardiente y húmedo.
-¡William! – gritaba ella. Abrazando el orgasmo con fuerza. Mientras su cuerpo temblaba y su corazón palpitaba a gran velocidad.
La lengua de William nunca se detuvo, sentía como el botón húmedo de ella se endurecía pidiendo por más, su lengua lujuriosa y su dedo índice se habían apoderado de la razón de Renata.
-¡No te detengas! –pedía ella a viva voz. Apretando los hombros de él. Ciñéndolo contra su centro. -¡No te detengas! – jadeaba.
Y el rubio no se detuvo hasta que sintió el último espasmo de su cuerpo. Así, sin invadir su cuerpo, solo tocando su clítoris y hablándole en susurros contra sus húmedos muslos. Invadiendo cada sentido de ella y completando sus más sucias fantasías.

***



Renata no quería abrir los ojos. Sabía que era de noche, no conocía la hora exacta, pero poco le importaba. La habitación de William no tenía muros, como supuso. Así que el cielo nocturno, en conjunto con las estrellas y la luna se podía apreciar con facilidad.

Su cuerpo dolía de una forma tan deliciosa que sonrió. William estaba acostado a su lado, con esa sonrisa picara bailando en sus labios. Su cabello rubio estaba revuelto y el de ella, ni se diga. Ambos estaban desnudos. Desnudos y satisfechos. William era un buen amante. Le hizo el amor en la sala, después paso a la barra de la cocina, para ir a trompicones hasta su recamara, pero antes, la tomo en las escaleras, él tenía ganas de llevarla a la pequeña piscina que estaba en el improvisado jardín, pero se contuvo, ya que el agua estaría congelada debido al clima, así que se saltaron ese lugar para pasar a gritar blasfemias en la comodidad de su habitación. No sin antes, tomarla contra una ventana.

William tenía ideas ilimitadas. Todas y cada una de ellas satisficieron a Renata.
El rubio la ciño más contra su pecho. Renata no opuso resistencia. El calor de la cama de William la llamaba seductoramente, y ese hombre, como siempre decía, encarnaba el sexo. Eran tan sensual, que incluso cuando fruncía el ceño porque algo le molestaba no dejaba de verse exquisito.
-Will… - susurro despejando su frente de su rubio cabello.
-¿Mmmhum? – gesticulo aun con los ojos cerrados.
-Creo que tengo que irme – continuo Renata.
-¿Tienes que irte, o quieres irte? – abrió los ojos y sus celeste mirada la perforo.
La había atrapado. Ella no quería irse. Se sentía tan bien pasar el tiempo a su lado. Riendo. Sonriendo. Besándose. Tocándose. Amand…
-Si, - sonrió poquito cuando el último hilo de sus pensamientos se sintió como un balde de agua fría – tengo que irme.
-No, no quieres irte – acuso. –Ya te hubieras deslizado de la cama hasta tomar tu ropa y te hubieras ido, si quisieras.
Ella mordió su labio inferior.
-Yo… William, es tarde – se aparto de la prisión de los brazos de William y comenzó a buscar su ropa.
William la miraba recargado en la cabecera de la cama. Un segundo después Renata lo miro boquiabierta. No era porque el tipo se veía exquisito medio tapado por la sabana. No. Bien, si, si era por eso. Pero otra cosa, bastante curiosa –y no fue su erección, esta vez no – lo que le hizo mirarlo con los ojos muy abiertos.
-¿Qué pasa? – inquirió William, lentamente doblo la rodilla, tratando de ocultar su erección. Verla gateando en busca de su ropa interior había despertado su animal interno.
-Tu cama… es…
-Redonda, si… ¿Qué tiene?
Ella cerró la boca y negó con la cabeza. Dando la espalda para sonreír como boba y colocarse en su lugar sus bragas y su sostén.
William se puso los calzoncillos y corrió a la sala para alcanzarle el vestido, las pantimedias y el liguero. No quería perder detalle de ella mientras se vistiera. Si, era un pervertido y estaba loco por ella.
Renata termino de vestirse, el cuerpo aun le dolía y esa pequeña mordida de William sobre su cadera aun la tenia rojiza.
-Lamento lo de…
-No importa – sonrió ampliamente. –Me encanto – soltó, atándose el largo cabello en una coleta sobre su nuca.
-¿Quieres darte un baño? – William quería mantenerla lo más posible en sus terrenos. Jamás dejarla escapar.
Era, sin duda, lo mejor que le había pasado. Que había pasado delante de él. Y que, sumado a que era una asombrosa mujer: inteligente, hermosa, fuerte, segura; ella no lo quería por su dinero. En ningún momento ella abrió la boca al escuchar su apellido ni cuando supo que era el dueño de la empresa donde ella trabajaba. Cualquier otra hubiera intentado por cualquier medio meterse en su cama, pero ella, ella parecía querer estar fuera de su cama a como diera lugar.
Adoraba la forma en que Renata se sonrojaba cuando él coqueteaba con ella. Mejor aún, cuando él sin querer – ¡Y yo me chupo el dedo! – le tocaba la pierna o perdía los ojos en su escote. William tenía que aceptar que su amiga Luna lo había dejado sorprendido. Pero después de tratar a Renata, se percato de que no tenía igual. Podían ser muy parecidas en su fortaleza. Pero a la vez tan diferentes que era imposible describirlas.
-No. No quiero darte más molestias, Will.
-¿Molestias? – cruzo los brazos aun sobre su desnudo torso. -¿Por qué piensas esa estupidez? ¿Tu molestar? Ok, si, si molestas. Cuando estas vestida. Solo así me molestas, me pones enfermo…
Renata se sonrojo hasta las orejas.
-Will – gimió como advertencia. Sabía que volvería a caer en sus brazos y mejor aun, en sus sabanas.
-¿Qué? – él se acerco a ella y la apretó contra su cuerpo. Renata jadeo cuando sintió la dureza del sexo de Will chocando con su vientre. –Estoy loco por ti, ¿no te das cuenta?
Temblando ella desvió la mirada, parte avergonzada y parte petrificada por no saber qué demonios contestar.
-No sé qué decir… Me gustas William. Mucho – comenzó a balbucear. –No quiero lastimarte…
-Shh, shh – la obligo a mirarla. –No digas nada, Rens. Eres una mujer libre, adoro eso de ti. No soy una jaula de brazos y piernas. Solo quiero que lo sepas. Que sepas que puedes contar conmigo en lo que sea, así sean locuras, más locuras y si, locuras.
-Gracias – atino a decir ella. –En serio…
Pero William silencio su torpe agradecimiento con un tórrido beso. La levanto del suelo, masajeando sus nalgas, embelesado con los gemidos que ella dejaba escapar contra su boca.
-Ahora vete antes de que te devore de nuevo… - gruño regresándola al suelo.
-¿Y si quiero quedarme? – inquirió ella alzando una ceja.
-¿Quién soy yo para impedírtelo?

febrero 24, 2011

Maldita delicia. Capitulo XVIII

Chicuelas...
Nos acercamos a la recta final de esta primer temporada de Maldita delicia. Si... estoy super emocionada. No teman, yo espero no tardar mucho entre capitulo y capitulo...
Aqui les dejo el capi de Jennifer... Toda felisota con ese Rosty XD
Espero que les guste muchote. Gracias por leerme. Adelante el capitulo, ya que los viernes no cargo con mi Warri, y andare de vaga je XD Y el fin, sera fin de la remodelacion de mi casa, por fin... ;D Wiii, soy retefeliz! ;D Cuidence harto... Comentenle y gracias por todo chicas :)


PD: Mi Ale te amo harto! ♥ For ever & ever. Never de lemmon lo olvides! ☺










18. Aun no te das cuenta

Jennifer Lamb

-No te dejare ir al trabajo hoy – amenazo Rosty.
Ahora prácticamente amanecía casi todos los días en su casa. O en algunas ocasiones pasábamos las noches en mi departamento.
-Tengo que terminar la sorpresa de mis amigas – chille.
-No me importa, puedes terminar la sorpresa aquí… - dijo echándose hacia atrás, tenia mi mano entre la suya y el movimiento provoco que cayera sobre él.
Ok, también me avente un poco a él. Solo un poco.
-Rosty…
-No digas mi nombre con ese tono… No puedo resistirme cuando me hablas de esa forma.
-¿De que forma? – inquirí inocentemente.
-Tú sabes de que hablo – respondió y abrazo mi cadera. Apretándome contra su duro cuerpo. Si, literalmente. Duro.
-Rosty… Tengo que irme.
-¿Tienes o quieres? – beso mi mentón.
-No puedo contestar eso. Pero, creo que ‘tengo’ que irme.
-¿Lo ves? Dudas de tus respuestas. Entonces no tienes que irte.
-No puedo llegar tarde, Victoria me matara…
-¡Oh vamos! Ella te ama, me lo dice a diar… - cayo abruptamente.
-¿Qué?
-Nada – se incorporo y dejo mi cuerpo libre de su
s brazos.
-Rosty, te escuche. Dime que pasa. Dilo… - exigí.
Lo escuche claramente. Él decía que Victoria me amaba, lo que quería decir que él la conocía. ¡Lo sabia! Lo intuí desde el momento en que la llamo Vico. Estar cerca de Luna, ahora daba resultados.
-Jennifer… - rogo con la voz, no quería confesarse, eso era más que claro. Se meció el cabello, sentándose en la orilla de la cama.
-Rosty, yo te conté todo de mí. O todo lo que me has preguntado. Sobre mi madre, mis amigas, Carter…
-Lo se – me miro. –Solo que prometí no decirlo…
-¿Es peligroso que yo sepa la verdad?
-No, no es peligroso… Pero me… me odiaras.
-Bueno, no lo sabremos hasta que no me lo digas – dije sentándome a su lado.
-Victoria es hermana de mi madre, era hermana de mi madre – espero a mi reacción.
-Ok… Es tu tía entonces – resumí. Bueno, no le veía nada de malo a que ella fuera su tía, pero la espinita de que omitiera ese detalle me hizo tensar los hombros.
Baje de la cama, y comencé a vestirme.
-Jenn… - se incorporo. La sabana que rodeaba su cadera cayó al suelo. -¿Lo ves? Por eso no debía decírtelo. No quería que… que pensaras que por mi…
-¿Cómo dices? ¿Qué por ti tengo el empleo que tengo? ¿Eso dices? – Esta vez alce un poco más la voz.
¿Acaso él no me creía capaz de obtener mis propios sueños?
-No… ok, si. No quería que pensaras eso. No quería… por eso no te dije que tenia parentesco con Victoria. Y créeme, obtuviste el empleo por ti misma. Yo no tuve nada que ver en eso.
-¡Oh por Dios! – lo empuje. –Rosty… ni por la mente me paso que tú al ser sobrino de Victoria me hubieras conseguido el empleo, pero gracias por hacerme dudar. Gracias – di media vuelta y tome mi bolso y mis zapatos.
-No, no, Jenn, no te vayas. ¡¡Jennifer!!
Jalo mi brazo y me hizo girar para verlo.
-Lo siento, en serio.
-Si… Ya, déjalo.
-Jennifer. Entiéndeme, lo siento. Ok, soy el sobrino de Victoria Sparks; Robert Sparks.
-Ya… olvidémoslo ¿si? Te creo – sonreí.
Ahora evite mirar por debajo de su ombligo. Recordé que estaba desnudo.
-Te contare todo de mi, todo.
-Ok, empieza por contarme tu desnudes. Ayer solo dormimos. Y si mal no recuerdo, tú te acostaste con tu pantalón de dormir – dije cruzando los brazos sobre mi pecho.
Rosty sonrió con picardía. –Digamos que me dio calor, y termine quitándome todo. Te abrace y escuche un gemido cuando me sentiste contra sus braguitas lilas – dijo dando un paso hacia mi.
-Mmmh, si, recuerdo eso.
-Ahora… ¿Iras a trabajar? – pregunto cruzando la distancia que nos separaba e inclinándose a besar mi cuello. Suspire. – ¿Eso es un ‘no’?
-Eso es un cállate y tómame – dije y lo abrace de la cadera. Baje las manos a sus nalgas y las apreté.
Desde la primera vez que vi su trasero, me dije: Ese culo tiene que estar entre mis manos.
Rosty sonrió contra mis hombros y bajo los tirantes de mi blusa para besarme a conciencia. Sin duda este hombre me tenia tan feliz, tan agusto. Apenas sentía sus manos recorriéndome y yo me humedecía, su voz llamándome por mi nombre, su sonrisa dándome ánimos, sus brazos rodeándome cuando hacia frio.
Por las tardes cuando salía del trabajo, Rosty siempre estaba esperándome. Caminábamos por Central Park, rodeando el lago muchas veces, hasta que las piernas nos dolían. Platicábamos de todo.
Él me conto que desde la primera vez que me vio y decidió ayudarme, quedo aturdido por mi belleza. Y que le digan eso a una chica que tenia la autoestima baja después de su último novio, era sin duda lo mejor. Me conto que su madre murió, y su padre la siguió tiempo después. No me había contado que era sobrino de Victoria. Pero ahora todo tenia sentido.
-Rosty… por favor…
Trazo un camino de besos húmedos pasando por el valle de mis pechos, mi estomago, deteniéndose un par de minutos más en mi ombligo. Que bien se sentía…



Un sonido nos detuvo. Rosty gruño. Se volvió a su buro, tomo su móvil y observo la pantalla.
-Es Vico… - dijo antes de pegarse el móvil a la oreja. –Hola…
-Robert, ¿aun tienes de prisionera a mi mejor modista?
-Algo por el estilo, ¿la necesitas? – respondió.
-Niño, Jennifer es mi mejor empleada. La necesito siempre. Ahora, déjala libre… Después podrás venir por ella.
-No tengo otra opción – Rosty suspiro. Cubrió el teléfono con su pecho. –Victoria te quiere en su oficina.
-Ya mismo voy – acomode mi ropa y mis bolso. -¿Nos vemos más tarde? – pregunte antes de salir de la habitación.
-Seguro. Suerte… - cruzo la habitación hasta poder juntar sus labios con los míos. Ese beso me supo a gloria. –Mmmh, que tengas un buen día – musito contra mis labios. –Cuídate.
-Gracias. Buen día para ti también en el gimnasio.
-Si – sonrió y volvió el móvil a su oreja. –Vico, ella sale para allá.
Colgó antes de que saliera de su habitación y me besara por última vez.



Grite por un taxi.
Pague y baje del taxi. Entre a la tienda de Victoria. Subí a su oficina. No tarde ni 20 minutos en llegar con ella, desde casa de Rosty.
-Jennifer – saludo Victoria. Alzo la mirada de su pila de papeles y telas. –Robert te tiene prisionera toda la semana, ¿ah? – alzo una ceja.
Me sonroje.
-Algo por el estilo…
-Robert en un buen chico, Jenn, y créeme que cuando te digo que te quiere mucho, es porque es más que la verdad. Ahora, a trabajar. Quiero que hablemos de la línea nueva de invierno.
Victoria me había tomado en cuenta para la nueva línea de ropa, teníamos muchas ideas. Gorros, bufandas, guantes, abrigos, faldas y de todo un poco. Estaba muy emocionada con el proyecto. Incluso Victoria decía que podía darme una entrevista para una beca al 100% en Parsons. Eso me tenia aun más emocionada, por eso trabajaba como esclava en las sorpresas para mis amigas, y en mi línea de ropa, para mi entrevista.
Después de la lluvia de ideas que tuvimos, me dirigí a mi pequeña oficina. Y digo pequeña, porque a comparación con la de Victoria, la mía apenas tenia un escritorio, una maquina de coser portátil y muy moderna, tres maniquíes, y un perchero con ruedas para colgar mis prendas. Tres de las paredes de mi oficina eran de cristal. Mi ordenador, sobre mi escritorio, tenia de fondo de pantalla a mis amigas. Emily, Renata y Luna sonreían. Ellas eran todo lo que tenía. Y las amaba mucho.
Sin duda el tiempo pasa volando cuando te diviertes. La tarde se me fue como agua, y cuando menos me di cuenta ya eran las 9 de la noche. Aun no terminaba la sorpresa de Luna. La sorpresa de mis demás amigas ya estaba lista. Me tumbe sobre mi silla de escritorio. Recosté mi cabeza sobre el respaldo.
-Jenn, ¿Aun aquí mujer? – Victoria se asomaba por la puerta.
-Si… - conteste un poco adormilada. –En un rato más me voy. Saldré por la puerta de atrás como siempre.
-Pero con mucho cuidado, Jennifer – me señalo. –Que descanses, nos vemos mañana.
La vi desfilar hasta las escaleras que daban a la salida de atrás. La tienda ya la habían cerrado 2 horas atrás. Solo quedaba yo en la oficina.
Cerré un poco los ojos, descansándolos… Cuando un ruido me sobresalto. Mire a través de las paredes de cristal. Los cubículos de las costureras estaban a oscuras, la luz de mi oficina era la única que alumbraba. Me pare silenciosamente de mi silla. Tome unas tijeras grandes entre mi mano temblorosa. No quería salir de la oficina. Me aterraba andar a oscuras en aquel lugar tan grande. Siempre intentaba no quedarme sola ahí. Pero esta vez tenía tanto que hacer que lo olvide. Abrí la puerta de mi oficina. Ésta nunca había chirriado. Pero esta vez sonaba con una de esas puertas de las grandes casonas de la antigüedad. Camine por el piso de madera hasta el primer cubículo. Mis zapatillas sonaban sobre la duela. Mi pulso estaba agitado. Mis manos aun más temblorosas.
Otro ruido a mi espalda me sobresalto. Di un brinco y mire hacia atrás. La luz de mi oficina se apago.
-¿Hola? ¿Quién esta ahí? – pregunte.
Si, claro. Eso hacían en las películas. Preguntar por alguien desconocido, pero ese alguien que acechaba a la victima nunca contestaba, siempre salía detrás de algo de lo que la victima nunca sospecho. Trague con dificultad.
Decidí dejar las tijeras debajo de una montaña de telas. Si dejaba el arma letal a la vista de todos bien podría matarme quien quiera que estuviera detrás de mí. No volví por mi bolso a la oficina, en los bolsillos de mi pantalón tenia mi teléfono móvil y dinero. Podía regresar a casa sin problemas. De loca volvía a la oficina, donde seguro había alguien. Di un par de pasos dirigiéndome a la salida, solo un pequeño foco en una esquina alumbraba el camino.
Di otro paso hacia atrás, con el corazón latiéndome en mi garganta. Quería correr pero sabía que mis zapatillas no lo permitirían. Mal día para usar tacones de 15 centímetros. Gire en media vuelta y choque con algo… No, era alguien.
Grite con todas mis fuerzas. Y empuje a lo que quiera que estuviera frente a mí.
-Jennifer, Jennifer… - Alguien tomo mis muñecas. –Tranquila, soy Rosty…
-¡¡Rosty!! – jadee y cese en mi pelea. –Me asustaste cretino – jadee, lleve una mano a mi pecho. Casi podía jurar que mi corazón se saldría de mi pecho.
-Deja de ver películas de terror – dijo entre risas.
-Cállate, tonto – bufe. –Casi me matas…
Regrese a mi oficina. Encendí la luz.
-No quería asustarte – dijo en la puerta.
-Si claro… - voltee los ojos. Me incline por debajo de mi escritorio y tome mi bolsa, mi suéter. -¿Qué haces aquí, por cierto? ¿Querías matarme de un susto? – chille.
-No, nena… Solo pase por ti, te esperaba abajo, en la camioneta. Entonces Vico me dijo que aun seguías arriba, así que subí. Después te vi en tu oficina, y decidí…
-Darme un susto de muerte – gruñí. –Lo lograste, gracias…
-Lo siento… no fue mi intención. Además quería poder besarte sobre tu silla, pero entonces decidiste salir a ver quien estaba afuera. Apague la luz, con la esperanza de que volvieras, pero no fuiste predecible…
-Las películas de terror con Renata y Luna me han enseñado un par de cosas – dije con orgullo.
Rosty torció la boca en burla. Pero después de un segundo alzo los hombros y me atrajo a su cuerpo con un brazo.
-Yo puedo enseñarte un par de cosas más.
-¿Ah si? ¿Cómo cuales? – acaricie su rostro. Su barba rasguñaba la palma de mis manos.
-Como esta… - bajo la cabeza al hueco entre mi cuello y mis hombros. Su lengua paso por mi piel, estremeciéndome.
Rosty saboreo mi piel durante horas. Mi cuerpo ya dolía de tantas mordidas. Dolía de tanta acción. Ya no podía ver mi oficina como antes.
Riendo y tomados de la mano, salimos por la puerta trasera de la tienda. Una vez en el callejón, Rosty me aventó a una pared, y me subió hasta que mis piernas lo abrazaron de la cadera.
-Me tienes vuelto un adicto al sexo, Jennifer – decía mordiendo mis hombros.
-No es mi culpa ser tan sexy – respondí.
-Claro que es tu culpa, pequeña perversa – dijo y apretó mi cuerpo aun más.
-Robert, llévame a casa – logre decir una vez que su boca dejo la mía.
Rosty besaba jodidamente bien.
-Ok – me puso en el suelo y caminamos hasta su camioneta.
Me ayudo a subir y después él subió del lado del conductor. De pronto una idea fantástica me azoto.
-Oh mierda – fingí que mi brillo labial se había caído. Rosty ya manejaba por la calle. No se imaginaba lo que tramaba.
Bese su pierna encima de la tela vaquera de sus jeans. Dio un respingo.
-¿Qué tramas? – pregunto a pesar de saber la respuesta.
-Nada – respondí inocente. Abrí sus jeans y libere su pene.
Estaba tibio. Grande. Listo para mí. Relamí mis labios. Rosty se detuvo.
-El semáforo esta en rojo – anuncio con un hilo de voz.
-Perfecto.
Me incline hasta sentir su punta contra mis labios. Comencé a besarlo. Rosty apretó con fuerza la bocina de la camioneta.
-¡Mierda! – grito.
Seguí con mi ardua labor. Metía su hombría dentro de mi boca y succionaba con fervor. Aquello era algo extrañamente delicioso. Nunca había sentido tantas ganas de comérmelo, literalmente.
-Oh sigue…
Rosty acaricio mi cabello. Echo el asiento para atrás y logre hincarme frente a él. Lo mordía un poco de vez en vez, y acariciaba su saco con ternura.
-Oh nena…
Escuchar a Rosty jadeante por mi causa me hacia sentir completamente feliz y al mando. Él era mío, solo mío.
-¿Te gusta? – pregunte, a pesar de sospechar la respuesta.
-¡Me encanta!
Él seguía detenido. Quizá era de madrugada, ya que habíamos pasado la mayor parte de la noche en mi oficina, “trabajando arduamente”. Rosty acaricio mi nuca. Supe que quería, su respiración era jadeante y pesado.
-Un poco más por favor…
Me incline una vez más, perdí la vista de su rostro perlado de sudor, con el ceño fruncido y los ojos cerrados.
Unos minutos después, Rosty tomo mi nuca y me alejo de él. Estallo en un rugido poderoso. Sonreí orgullosa. Estire la mano hasta mi bolso y tome un pañuelo para limpiar su desorden.
-Eres un chico muy sucio – dije al tiempo que limpiaba su cuerpo, y parte del asiento.
-Jenn… - decía cansado. –Eres estupenda… - me atrajo a su rostro y me beso. Subí a horcajadas sobre él.
Paseo las manos por mis piernas y llego a mi trasero. Lo apretó y me mojo. Basta decir que escuchar los ruiditos de placer de la voz ronca de Rosty me tenia súper excitada. Saber que yo le provoque un orgasmo me inflaba el pecho, sentía que volaba. O quizá eran los besos y las manos que recorrían mi cuerpo cada noche, cada mañana y cada media tarde, siempre que podían.
Ignoro como es que logramos pasarnos al pequeño espacio detrás de los asientos principales de la camioneta. Lo único que se, fue que grite su nombre con fuerza, pero que él tapo mi boca para no despertar a media ciudad. Estalle en su boca como él estuvo por hacer conmigo.
Relamiéndose los labios me atrajo de nuevo a su cuerpo y beso mi cabello.
-Jamás me cansare de hacerte el amor – soltó y me abrazo.
-¿Seguro?
-Por mi vida – respondió. –Jennifer… ¿quieres vivir conmigo?
-Rosty, yo…
¿Qué demonios estaba pasando? ¿Cuándo dejamos de ser solo una aventura y pasamos a algo más serio?
-Ya… - Rosty tenso la mandíbula. –No digas anda. Te llevo a casa… a tu casa, supongo – me dejo en el asiento de atrás mientras él se acomodaba adelante.
Lo vi alborotar su cabello. Lo conocía tan bien, que sabia que esa acción era igual a frustración. No dije nada, hasta que llegamos fuera del edificio donde vivía.
-Servida – dijo sin soltar el volante.
-Gracias – me pase al asiento de enfrente, tome mi bolso. –Ros…
-Cuídate – corto serio.
-Igual – le di un beso en la mejilla y baje con velocidad de la camioneta. Rosty no encendió el motor. No lo escuche. Intentaba abrir la puerta de la entrada. Por las noches la cerraban. Pero por los nervios o quizá por el miedo a la reacción de Rosty no lograba encontrar la llave adecuada. Escuche un portazo.
-Jennifer… - Rosty jalo mi codo con cuidado, para que lo mirara. -¿Qué sientes por mi? Dime.
-Rosty… - ¿Qué se supone que diría? ¿Eres la mejor persona que he conocido en mi vida? ¿Mi mejor amigo? ¿Mi pilar? ¿Mi héroe? No, me mandaría al carajo. Mire sus ojos celestes. Esperaba por mi respuesta. No quería lastimarlo, pero lo cierto era que no sabía que sentía por él. –No lo se… - baje la mirada.
-Entiendo – dejo mi brazo. –Cuando lo sepas… me buscas…
-¡Rosty! – grite cuando se encamino a su camioneta.
-¿Si?
-Te quiero… - musite. –Eres mi mejor amigo, la mejor persona que conozco. El único hombre que se que no romperá mi corazón. Puedo confiar en ti.
Rosty sonrió.
-Soy más que eso, Jennifer. Solo que aun no te das cuenta.
-Mereces algo mejor que yo…
-No… - negó con la cabeza.
-Si… Rosty… - Odiaba tener que pensar que estaría con otras. Lo necesitaba. Lo quería a mi lado, siempre. Pero tenía miedo, miedo de decir las palabras que me llevaron a la ruina.
-Jennifer… - Rosty tomo mi rostro. –No te hare daño, nunca. Eres la mujer más hermosa que he conocido. Jamás te haría daño… jamás.
Sonreí.
-Solo quiero estar contigo, ser tu amiga, estar a tu lado. Que me abraces, que estés conmigo…
-Si eso es lo que quieres, así será – beso mi frente.
-¿Quieres pasar? – me separe y removí una vez más mi bolso en busca de las llaves. Rosty me quito el bolso y abrió un zíper de uno de los lados de mi bolso, saco las llaves.
-Si quiero – respondió y abrió la puerta.
Una vez dentro del departamento. Rosty me arrastro a mi habitación.
-Tranquila, solo dormiremos – dijo serio.
-Te creo – asentí.
Comenzó a despojarme la ropa. Quede en ropa interior, se volvió a mi armario y tomo mi camisón de seda.
-Prometo firmemente no tocarte – dijo mientras me invitaba a alzar las manos y meterme dentro de la prenda. Una vez dentro, lo deslizo hacia abajo, tocándome con sus dedos. –Falle, lo siento – se disculpo con un puchero.
-Esta bien – camine hasta mi cama, pero Rosty fue más rápido, e hizo a un lado las cobijas para que me metiera y me arropara.
-A dormir, hermosa – me metí dentro de las cobijas.
-¿Dormirás conmigo?
-Si es lo que quieres, si – dijo y empezó a quitarse la ropa. -¿Quieres que este… desnudo?
-Boxers esta bien – respondí.
-Así será – dijo y entro a la cama como se lo pedí.
Me abrazo, rodeando mi cintura con su brazo. Su calor me envolvió por completo.
-Buenas noches, Rosty – bese su pecho.
-Aaauh – ronroneo. –Buenas noches, Jenn – lo vi cerrar los ojos.
¿Así sería un día entero con él? Abrir los ojos entre sus brazos, y cerrarlos de nuevo al anochecer. Siempre, entre sus brazos. Rodeada del aroma cítrico de su perfume. Sentirme segura todo el día porque él me… me quería. Él me quería, me quiere. Cerré los ojos y me uní a la respiración tranquila y pesada de él. Pegue mi cabeza a su duro pecho. Escuchando el bum-bum de su corazón termine por caer en un sueño profundo.

Las chicas del Té de Lemmon

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...