diciembre 05, 2011

El placer es mio... - Capitulo 18

Estamos a nada de su final, los cabos que parecen sueltos se atan, otros permanecen bailando en la insertudumbre de los desconocido y la duda, el misterio se hace presente y todos corren el riesgo de caer en el hoyo negro. Disfruten del antepenultimo capitulo de El placer es mio...


Nota del autor: Mi Adis, pateemosle las bolas al Señor Pene Feo! :D
Y atentas porque pronto se estrena ¡Maldita delicia 3! :D♥

Capitulo XVIII


Se miraron a los ojos un par de minutos. Sin perder detalle. Entendiéndose.
-Gracias, Noah… Eres un buen tipo – sonrió.
-No siempre soy un buen tipo. Como cuando te encerré en mi despacho, en serio lo siento…
-Ya… - levanto los hombros restándole importancia. –Es pasado. Me asuste, creí que me matarías… Eres enorme – jadeo.
-Soy enorme, no un cavernícola – bromeo.
-Un enorme cavernícola…
-Tu eres como un… - la miro entornando los parpados. –Como una gatita…
-¿Una gatita? – inquirió levantando la ceja.
-Si, fiera y coqueta…
Kenzi se quedo sin palabras.
-Tengo que irme – Noah se alejo de ella. –Cualquier cosa estoy en el Spa – con rapidez salió del lobby del edificio.

-¿Es tu novio? – apareció Jace.
-No – contesto mirándolo. –Adiós – comenzó a subir las escaleras. Esta vez no corría. Iba serena. En paz. Era una guerrera, no una gallina. No lloraría más por ese cretino de mierda. Nunca más. Él se lo perdía.

Llego a su departamento y se recostó en su sofá sin nada más que hacer que pensar en lo que ahora haría con su nueva vida. Se sentía una mujer nueva, renovada. Libre. Ligera como una pluma y fuerte como el acero. Solo necesitaba ese empujoncito para dejar el pasado donde debe de estar. Dejar ese asqueroso suceso de su vida y ser nueva y feliz como siempre había sido.
Los tropiezos nos hacen mejores personas. Siempre lo pensó así. No importa cuántas veces caigas sino como te levantes.

***

Lizzeth abrió los ojos y sonrió cuando sintió el cuerpo de Vincent removiéndose a su lado, cálido y duro bajo su toque. Se sentía feliz de haber encontrado un hombre como él. La noche había sido magnifica y placentera.
Salió de la cama muerta de hambre y un poco adolorida. Aun así, no logro desaparecer la sonrisa que bailaba en su rostro.
Preparaba algo de café y pan con mantequilla cuando Vincent apareció frente a ella solo con los pantalones puestos. Descalzo y con ese cabello revuelto que la enloquecía.
-Buenos días – sonrió y se inclino sobre la barra de la cocina para darle un suave, pero caliente, beso.
-Hola… - murmuro ella envuelta en calor y deseo.
-Huele bien – cruzo la barra y se acerco a ella. -¿Te ayudo?
-Tengo todo bajo control – levanto ambas cejas y sirvió el café recién hecho en dos enormes tazas, y en dos platos coloco los panes.

Desayunaron sobre la barra, platicando acerca de su vida como estudiantes y después como personas útiles en el mundo. Vincent no podía dejar de mirarla. Los enormes ojos celestes de ella le enchinaban la piel. Y él no se podía creer lo que vivía. Lizzeth era la mujer de su vida, lo sabía. Lo podía sentir dentro en sus entrañas, en su pecho cuando latía locamente su corazón al mirarla. Y más aun cuando ella lo tocaba o lo miraba. El mundo cobro vida cuando la conoció.
Recordó entonces cuando la observaba a hurtadillas en la estación del tren.
Ahí estaba ella. Con su reluciente cabellera larga y rubia, envuelta en su abrigo, hermosa. Elegante. A veces la encontraba con una chica de cabello rizado –Marion – ambas riendo. Se sentía un acosador. Siempre siguiéndola. Era increíble que ella viviera solo a dos edificios del de su hermana. Así tenía el perfecto pretexto para bajar en la misma estación que ella, caminar detrás o si se sentía heroico, a un lado.
Escuchaba música mientras iba de regreso a su departamento, él varias veces la pillo cantando y repasando líneas de lo que parecían obras de teatro. A veces iba tan distraída que las personas tenían que jalarla del brazo para que ella no cruzara la calle.
Pasaba largos minutos admirando las muñecas de porcelana en una tienda antigua que estaba a dos calles de su edificio. Picaba el cristal con el dedo y hacia caras tiernas al mirarlas. Después soltaba un largo suspiro y continuaba su camino. Entonces Vincent aprovechaba y miraba el aparador. Al menos un par de miles constaban esas muñecas, eran preciosas, si, pero muy costosas.
Después de tanto tiempo de acoso, finalmente la encontró una tarde platicando con Jennifer. Se mantuvo fuera de la cafetería, observando cómo se sonreía. Como sus ojos brillaban. Sus facciones angelicales se acentuaban cuando ella reía. Nunca una mujer pudo ser más femenina y tierna. Era indescriptible la forma en que su rostro hermoso se conjugaba con su cuerpo curvilíneo y desquiciante. Y él aun se preguntaba cómo es que lucía tan inocente y tierna después de lo que le hizo en la cama hace unas horas, en la madrugada y parte de la mañana. Era sorprendente que luciera como una tierna mujer.
Sin embargo él sabía que era una fiera, más en la cama.
-¿Por qué me miras así? – acuso Lizzeth.
-¿Así como? – se hizo el loco. La miraba con adoración. Él lo sabía.
Se sentía más que afortunado esa mañana. Qué alegría que ella lo sedujo y lo condujo al mayor de los placeres y con las luces encendidas. ¡Dios! Se veía deliciosa.
-Así… - arrugo la nariz.
-No entiendo, Liz – alzo las cejas.
-Deja de hacerlo… - jadeo. –Me pone…
-¿Cómo? – urgió, inclinándose sobre la barra, mirándola más de cerca.
-Caliente… - confeso con las mejillas coloradas. Sudando de inmediato. -¡Basta!
Vincent soltó una grave carcajada, salto la barra de la cocina y la tomo de la cadera.
-¿Qué tan caliente?
-Pensé que eras un caballero – frunció el ceño.
-Lo soy – confirmo. –Solo es una pregunta…
-Yo… - tomo aire. Lleno sus pulmones de la fragancia de Vincent.
Sus manos volaron al torso desnudo de Vincent, pasando sus dedos por cada musculo ligeramente marcado. Era delgado y fuerte.
-Oh, Vince – gimió. –Me siento…
-Dilo – exigió Vincent, bajando las manos a su cadera, donde reposaba un pantalón cortísimo de dormir, que cubría su trasero volviéndolo loco. La curva de sus nalgas estaba a su alcance. Él estaba listo para escucharla gritar. Quería escuchar de nuevo como ella gritaba su nombre. “¡Oh, Vincent!”. Su miembro se endurecía más en cada embiste cuando ella gritaba y le arañaba la espalda. “¡Más, por Dios, no te detengas!”. Nunca esos diálogos de película porno se habían escuchado tan dulces y excitantes. Tan exigentes y letales. La voz de Lizzeth era dulce, un canto de sirena que lo atraía como si lo hipnotizara. “¡Si, oh, sí!”. La quería escuchar de nuevo. Esta vez… En la barra de la cocina.
-Dime como te pone… - susurro cerca de su oído. Causando un estremeciendo por parte de ella. -¿Cómo, no escuche?
-Cuando te pones caliente te da por ser mandón, ¿verdad? – murmuro ella, entre divertida y nerviosa.
-Algo por el estilo.
-¿Algo por el estilo? – repitió, levantando una ceja.
-Sabes que quieres decirlo y yo quiero escucharlo, Liz – bajo los labios a sus hombros y lamio hasta llegar a su cuello.
-¿Sabes que creo? – inclino el rostro para que él continuara su camino de húmedos besos.
-Dime…
-El que está caliente es otro – acuso. Su mano voló hasta su dureza. Vincent gruño. -¿O me equivoco?
Él sonrió encantadoramente.
-Estas un poco… equivocada.
-¿Por qué? – lo acaricio sobre la tela vaquera de sus jeans.
Apretó las manos sobre la cadera de ella. Lentamente cubrió el trasero de ella con una mano y lo amaso. De inmediato, Lizzeth jadeo. Él no se detuvo y metió la mano dentro de sus pantalones cortos, como suponía, ella no llevaba ropa interior. Sus dedos curiosos encontraron de inmediato la humedad que la delataba. Tibia y jugosa.
-¿Ya sabes por qué? – pregunto con suficiencia mientras la acariciaba.
Lizzeth cerró los ojos y dejo caer el rostro sobre el pecho de Vincent. Su pulso se incrementaba chocando con el duro pecho de él. Las suaves caricias de Vincent sobre su centro la estaban volviendo loca. Los dedos de él esparcían la humedad por todo su sexo, llegando peligrosamente a su botón. Una vez que él abrió sus pliegues con ternura, ella no pudo continuar frotándolo sobre sus jeans. Lo tomo con fuerza de la cadera, abrazándolo.
Sus piernas se abrieron un poco y se puso de puntitas de pie, dándole mayor acceso a su cuerpo, provocándose más placer.
-Tengo una ligera idea – escapo de su boca con un suspiro.
Vincent sonrió. Encontró su botón y comenzó a estimularlo con demasiada lentitud.
-Ya… - gimió audiblemente.
Música para sus oídos. Con ese estimulo de su voz, Vincent acelero el proceso de tortura. Orillándola al placer y deteniéndose cuando ella comenzaba a temblar.
-Mmm… - mordió sus labios echando la cabeza hacia atrás. Él la tomo de la nuca y la beso con fuego en la sangre. –Tómame…
Sin nada más que decir, él bajo sus pantalones y libero su dolorosa erección. Prácticamente le arranco la ropa a ella y la penetro logrando tirar una taza de café al suelo. El estruendo de la porcelana rompiéndose no aminoro el hecho de que ellos estaban más deseosos de satisfacerse mutuamente.

Sus embistes eran potentes. Las cosas en la pequeña cocina de ella temblaban a la par de su cuerpo y su interior. Vincent salía casi por completo de su cuerpo y se unía a ella con un fuerte gruñido de placer. Se impulso tomando la orilla de la barra para poder darle la potencia que ella deseaba cada que gritaba. Sus piernas lo abrazaban por la cadera mientras que sus uñas se enterraban en sus costillas, provocándole una mezcla extraña de dolor y deleite.
Tomándolo del trasero, ella se aproximaba a su placer y se llevaba a Vincent consigo. No falto mucha para que ambos clamaran su propia liberación.

Sudorosos y satisfechos se deslizaron aun unidos al suelo de la cocina, donde un poco de café de grano y azúcar les sirvió de alfombra.
-No recuerdo cuando fue la última vez que me sentí tan feliz – confeso Lizzeth, acariciando el cabello despeinado de Vincent.
-Yo si – dijo él. De inmediato la curiosidad de Lizzeth se hizo presente en su mirada. –Justo cuando te corriste entre mis brazos – agrego con suficiencia y ternura, siendo totalmente honesto.
Sin saber que decir, pues aquella confesión la dejo sin aliento, lo abrazo.
-Dime que no eres un sueño… Pero si es así, nunca me quiero despertar – cerro los ojos, recargando la cabeza sobre su pecho, escuchando su corazón.
-Soy real y soy todo tuyo, Liz – aseguro Vincent, pasando las puntas de sus dedos por la espalda de ella. –Todo tuyo…
-Mío – finalizo ella.

***

Adam estiro los brazos y sus huesos se acomodaron en su lugar con un fuerte chasquido. Marion sobresaltada abrió los ojos.
-Estoy bien – sonrió Adam, tranquilizándola.
-Me puedo dar cuenta de eso – paso los ojos lujuriosa por su carne al descubierto. Adoraba cada tatuaje sobre la piel blanca de Adam. Los dibujos la invitaban a pasar la lengua y los dientes por cada trazo, animándola a marcarlo también.
-Nena, dame un respiro. Apenas es medio día y ya me quieres devorar…
-Para mí no hay hora de comer – guiño un ojo y se envolvió en la sabana arrastrándola hasta el baño.
Adam trago al verla desfilar y salir de su habitación. Escucho el agua caer en la regadera y salió de la cama de un salto. Desnudo, pues así habían terminado después de la lucha de besos y caricias de anoche, él entro al cuarto de baño y se metió en la ducha con ella.
Marion enjabonaba su cuerpo y sonrió cuando lo vio unirse a ella.
-Buenos días – saludo y lo metió al chorro del agua para lavar su cabello.
-Hola, hermosa – tomo la barra de jabón y la paso por las caderas de ella.
-¿Estas de acuerdo que necesitamos una ducha? – alzo la ceja enjuagando el cabello de Adam.
-Creo – respondió y se quito el jabón de los ojos para mirarla. –Anoche nos divertimos con esa crema batida…
-Era mermelada de fresa – corrigió divertida.
-A mi me sabia a gloria – le dio un beso rápido en los labios. Paso la esponja con jabón por sus hombros y mirándola a los ojos la paso por sus pechos y las cimas de estos, mordiendo sus labios. –Eres tan suave…
-¡Adam! – gimió. -¿Podríamos tener una ducha normal? ¿Tan solo esta vez? – hizo un puchero, quitándole la esponja de las manos y lavándose ella misma.
-¿Escuchaste lo que dijiste, Mar? Una ducha normal. ¿Una maldita ducha normal? – jadeo sin podérselo creer.
¿Desde cuándo ducharse con la mujer de tu vida tenía que ser una ducha normal? Él solo veía a Marion y su corazón, incluida su entrepierna, se paraba. Así de simple. Las cosas con Marion siempre fueron simples.
Cuando la conoció no fue amor a primera vista. Fue como si ninguno de los dos quisiera enredarse ni clavarse demasiado en una relación. Salían, se besaban, compartían la cama y las caricias, pero los dos con el miedo a enamorarse el uno del otro.
Poco a poco se dieron cuenta que las salidas al cine, a comer, a cenar, eran más constantes e inevitables, así como necesarias. Ninguno de los dos dijo en voz alta al menos, que necesitaban ser “exclusivos”, y aun sin palabras lo entendieron. Adam no vio a sus ‘amiguitas’ después del trabajo, y Marion dejo de salir con el misterioso chico que andaba tras sus huesitos, del cual solo Kenzi conocía su existencia. “Que salgas con él no significa que vayas a casarte. Y quizá sea mejor amante que Adam”, rezaba Kenzi cuando Marion externaba sus pensamientos hacia con Adam y el misterioso chico llamado Jared. Del cual no supo más nada. Jamás se enredo con él, no quería, y en el fondo sentía que traicionaba a Adam.
Con Jared se sentía identificada. A ella también le gustaba ayudar a las personas. Incluso tomo un curso como enfermera auxiliar. Nunca se sabía cuando se necesitaba de una en casa.
-No seas tan extremista, Adam – comento divertida.
Salió de la regadera y se envolvió en una toalla azul. Adam tardo un poco más en salir. El vapor del agua caliente desapareció y un grito ahogado anuncio que Adam se duchaba con agua fría. Marion sonrió cuando lo vio salir de la regadera titiritando de frio. Chocando los dientes y abrazando de inmediato otra toalla azul.
-Eres una mala persona – acuso. La aparto del lavabo y él se lavo los dientes a la par de ella.
-No lo soy – cruzo una pierna sobre la otra, sentada en el borde de la tina. -¿O sí? – comenzó a cepillar su cabello.
-Si – se inclino a escupir. –La peor de todas – limpio su boca y alboroto su cabello para secarlo con las manos. –Vamos, tengo hambre.
-Igual yo – salió del cuarto de baño y cruzo el pasillo.
Adam la siguió y la encontró desnuda dándole la espalda, buscando en el armario ropa que dejaba cuando lo visitaba o dormían juntos. La miro en silencio mientras ella revolvía el cajón donde Adam guardaba su ropa.
-La última vez recuerdo que deje un conjunto de ropa interior con flores. ¿Qué paso con él?
-Ni idea – Adam termino de secarse y se puso los primeros calzoncillos que encontró, unos jeans y una playera blanca.
-Dime – cruzo los brazos sobre sus pechos. -¿Dónde están?
-Linda, - sonrió – no sé. En serio. Además te va bien en nudismo – le guiño un ojo.
-Ja, ja – ironizo.
-¿Qué quieres que te diga? – Adam ataba las cuerdas de sus zapatos.
-¿Qué hiciste con mi ropa?
-Tienes más, mira – se acerco al cajón y saco varios pares de bragas de algodón, y otros más de sostenes de colores. –Te quedan bien todos.
-No me combinan – frunció el ceño.
-Ah, es eso… - señalo. Te comprare un conjunto nuevo. El otro… - alzo los hombros y movió las manos como restándole importancia. –No sé que le ocurrió.
-Dímelo, lo sabes – lo señalo. Rendida se puso unas bragas de algodón y un sostén negro. –Confiesa, Adam.
Él suspiro.
-Fue una noche solitaria…
Marion jadeo.
-¡Te tocaste… con mi ropa!
-Te comprare otras, lo juro – se apresuro a besarla. –Lo juro.
-¿Gritaste mi nombre cuando te corriste? – pregunto curiosa.
-Cerré los ojos y te imagine – confirmo. –Y si, grite tu nombre cuando termine. Tu ropa… quedo… inservible – ligeras motas rojas aparecieron en sus mejillas.
Marion rio. Meneo la cabeza negativamente y lo abrazo.
-Eres un pervertido… - le dio un suave golpe en el pecho.
-Y fue tu culpa. Odio que me dejes… caliente.
-Te lo mereces – levanto la barbilla orgullosa, terminando de vestirse.

Juntos salieron a almorzar. Marion tenía ganas de caminar, dejando a Adam con la carita triste porque quería subir a su BMW con ansiedad. Finalmente se rindió y camino de la mano de ella hasta su restaurante favorito.
-¡Mond! – estaban por entrar al restaurante cuando Adam se detuvo y busco la voz que lo llamaba.
-Sr. Wyngarden – era su jefe.
El tipo era alto. Casi de la altura de Adam. Con unos ojos claros profundos y letales. Marion se sintió incomoda de inmediato. El hombre ni la miro. Vestía un pulcro traje negro con corbata a juego. Su cabello cortó y su barba de días no dejaba lugar a dudas de que este hombre conseguía lo que quería.
-Espero que todo esté en orden, Mond – lo señalo.
-Sin duda, Sr. Todo está en orden, listo – aseguro Adam con la voz más clara que pudo hacer.
-Bien. Así me gusta… - le palmeo el hombro. –Disfruta tu día, Mond – lo señalo de nuevo y subió a un flamante automóvil negro que lo esperaba con la puerta abierta en la avenida.
Adam lo vio alejarse y suspiro aliviado.
-¿Qué es lo que está listo, Adam? – Marion lo miro curiosa.
-Mi trabajo, nena. El Sr. Wyngarden me tenía con un trabajo pendiente, pero ya lo termine – sonrió apenas. Eso no convenció a Marion.
-Ese hombre… - se estremeció. –No me da buena espina.
-Cariño, - le tomo el rostro – el me paga tan bien que dejo que sea misterioso. Es un hombre poderoso, linda. Con miles de billetes verdes incluso para regalar. ¿Crees que se hizo de su fortuna siendo amable con todos?
-No sé como hizo su fortuna, pero sé que tiene esa mirada de… loco – arrugo la nariz, recordando como esos ojos miraban directo a Adam. Era difícil describir como se sentía.
Solo sabía que el Sr. Wyngarden era todo, menos un buen hombre. Su postura. Su mirada. Incluso la sonrisa que hizo al final antes de subir al auto no auguraba nada bueno. Nada.

1 comentario:

Ada Cullen dijo...

Salvaje e spoco para este capitulo, mierda cuales cabos arados para mi quedan mas sueltos que el viento, sobre todo el misterioso trabajo de Adam, que segun yo es de maton, pero no creoo no lo creo, me resito a creerlo.... y Noah, y Vicnet auuuu que belllo no quiero que se acabe noooo noooo. gracias Beu

Las chicas del Té de Lemmon

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