mayo 20, 2011

Maldita delicia, segunda temporada. Capitulo VI

Buen y lindo viernes (:
¿Que tal estuvo su semana? Espero que no tan de hueva como la mía, pero que tampoco los hayan atacado con muchos deberes escolares ni ese rollo.


Se aproxima la fiesta de Jennifer, se que las he hecho esperar mucho, pero era justo y necesario. Repetimos perspectiva de Rosty, que también es justa y necesaria. Ya verán (:

Cuidence mucho, espero sus comentarios y enjoy!


6. A través de sus ojos, de nuevo


Robert “Rosty” Sparks


-¿Qué mierda tienes?
Robert alzo la cara. Garrett su hermano lo miraba ceñudo desde el desayunador de su casa. Se había mudado de California ya que lo habían transferido a la Universidad de Nueva York. Chuletas, su perro ladraba contento en el jardín trasero.
Robert sonrió con amargura, ahora sí que dormiría con el babeante Chuletas en su cama. El perro labrador color chocolate era lo que su hermano amaba más en el mundo. No iba a ningún lado sin el perrote ese. -Nada – respondió Robert.
Se puso de pie y se acercó a la barra para servirse un poco de café.
El cumpleaños de Jennifer... Tenía planeado miles de cosas para pasar la mañana con ella. Y en la noche, en su fiesta-ya-no-tan-sorpresa en el bar de sus amigas, le dedicaría una canción. Todo se había ido a la mierda cuando se le escapo decirle que la amaba. Cosa que jamás debió decir. Sabía que Jennifer lo quería, pero no con la intensidad que él la adoraba.
Sabía que ella pudo haberle mentido, pero agradecía que no lo hiciera. Eso, de alguna forma lo hacía sentirse un poco mejor. No tan mierda, ni tan miserable como se sentía.
-Es una chica – sentencio Garrett con una sonrisa en los labios. –Siempre es una chica – continuo.
-¿Tu que sabes de chicas, Garrett? – quiso saber.
El chico de apenas 20 años pretendía saber de chicas.
Iba en su primer año de Universidad. Había perdido un año y medio debido al dolor de perder trágicamente a su familia. Había pasado un par de años en Londres, en un internado para varones. Ya saben lo que pasa cuando algún chico sale de esos lugares. Se siente libre a la menor provocación. Garrett ahora lucia tan bien que Robert le tenía envidia. Su hermano no se preocupaba por nada más que no fuera su motocicleta. Ese cacharro viejo que había heredado de su padre. La chatarra que ahora no lucia tan chatarra gracias a los cuidados de Garrett. Amaba esa porquería. Y claro, amaba a Chuletas. El perro que su madre le había regalado justo dos días antes de que fallecieran.
-Lo suficiente para decirte que ella te perdonara con un ramo de rosas – respondió Garrett como si fuese lo obvio. Le dio un trago a su vaso de leche. Fría y con chocolate. Había cosas que jamás cambiarían, como Garret y su vaso de leche con chocolate.
-Niño, no es suficiente un ramo de rosas para que una chica te perdone – corrigió Robert amargamente.
-Si tú lo dices – Garrett volteo los ojos. –No pierdes nada intentándolo. Y para todo esto, ¿Por qué estás enojado con tu chica?
-No estoy enojado, Garrett. Solo…
¿Debía decírselo a su hermano? Bueno, Victoria, su tía, ya lo sabía. No podía perder nada, ¿o sí?
-Bueno, dije algo que no debía…
-Le cambiaste su nombre mientras estaban en la cama – soltó.
-No seas idiota – bufo Robert.
-¡Ah! – suspiro. –Eso me convierte en el único Sparks capaz de olvidar el nombre de las chicas en la cama – murmuro.
-Garrett, no seas imbécil.
-Bueno, no es mi culpa ser irresistible – dijo con orgullo.
-Irresistible – Robert se burló. –Sera imbécil.
-Idiota – gruño su hermano. -¿Qué fue lo que le dijiste entonces?
-Le dije que la amaba.
Garrett soltó una carcajada.
-Sabía que no tenía que decirte nada – lamento Robert, se puso de pie furioso y se alejó del desayunador.
-¿Y ella… no te ama? – pregunto Garrett una vez que recupero el aliento.
-Es obvio…
-Nah, hermano. Hay miles de peces en el rio. No te obsesiones por esa chica… - aconsejo Garrett. -No sabes lo que dices. Ella es perfecta. Es… hermosa, linda, graciosa, apasionada, sexy­…
-Para, detente – jadeo. –Ahora pareces mujer. Dios – jadeo de nuevo. –Mejor me voy, presiento que tienes los pezones sensibles y estas en tus días.
-Garrett, no seas idiota – tomo una manzana de la canasta de fruta de la cocina y se la arrojo. Garrett la esquivo agachándose. La manzana reboto en el respaldo de uno de los sofás y se quedó en el asiento.
-El idiota es otro, Rosty. Y me largo, no quiero estar cuando empieces a lloriquear porque la chica buena de la película sufre por el patán que al final se da cuenta que la ama.
-Bien que sabes lo que pasa en las comedias románticas – comento Robert alzando la ceja.
-Hermano, a veces tienes que hacer sacrificios para llevártelas a la cama – dijo Garrett meneando la cabeza burlonamente.
-No sé dónde aprendiste esas estupideces – exclamo indignado.
-El amante de Victoria era un buen profesor.
-Era un idiota con todas las letras. Si mi padre te viera te daría una buena golpiza por ser un cerdo arrogante.
-¡Pero él no está aquí! Y no creo que vuelva para patearme el trasero y darme un par de consejos de cómo llevar mi vida. Y eso hermanito es algo que no podemos cambiar – rugió antes de salir por la puerta lateral de la casa y cerrarla con fuerza.
Robert escucho el rugido de la motocicleta al encenderse, el ladrido de Chuletas y las llantas rechinar contra el asfalto. Garrett aún no superaba la perdida de sus padres. Que con casi 3 años muertos, no se perdonaba el haberle gritado que los odiaba por no llevarle con ellos a ese viaje de negocios a Canadá.
Robert regreso a donde estaba recostado en su salita, justo antes de que su hermano se cansara de su estado zombie. Cerró los ojos y se obligó a recordar el hermoso rostro de Jennifer. Su sonrisa deslumbrante, sus ojos celestes resaltados con ese delineado negro en su contorno, su larga cabellera haciéndole cosquillas en el cuello, su boca lujuriosa descubriéndolo de a poco.




Tristan Van Gulick

-Madre - Tristan llamo tocando con los nudillos a la oficina de su madre.


-Adelante.
Entro en silencio. Ella atendía un par de pendientes. Miraba fotografías que había tomado Luna, sobre su escritorio. Sentándose frente a ella, en una de las sillas de piel que tenía, espero.
Un minuto después ella se deshizo de sus anteojos y lo miro en silencio. Sonrió y subió los codos al escritorio.
-Deberías de darle una paliza a Julien – comento y soltó una carcajada. –Trish, quita esa cara, solo bromeo.
Él suspiro.
-A veces no estoy seguro de cuando hablas en serio o en broma- confeso Tristan y se meció el cabello desconcertado.
-Trish – su madre recobro la postura. –Julien tiene que aprender a valerse por sí mismo. Así que asegúrate de cancelar sus cuentas.
-¿Cómo dices? – Tristan no daba crédito a lo que había escuchado. Julien había estudiado música. Amaba tocar la guitarra. Y era bueno en eso. Claro que Dorothea había dicho que eso no era una carrera profesionista real. Que era un simple hobby, aun así había pagado la educación musical de su hijo.
-Lo que escuchas, Tristan. Si tu hermano se jacta de no tener que demostrarle nada a nadie, que comience desde ahora. Noviembre es un mes largo, y le sigue Diciembre. Es momento de darle un escarmiento a mi querido hijo.
-Pero…
Julien no tenía un empleo real. Vamos, ni siquiera tenía un empleo. De vez en cuando daba pequeños conciertos en pubs mugrientos en Queens y esos lares.
-Hazlo – corto tajante. –Y asegúrate de que comparta contigo la renta.
-Madre, yo vivo solo.
-Cierto… - Dorothea rasco su barbilla. –Perfecto. Es todo, gracias.
Dorothea volvió a su trabajo. Tristan la miro desconcertado. Bueno, ella manejaba una exitosa Editorial desde hace más de 25 años. Seguro que tenía un as bajo la manga.
Se puso de pie y salió de su oficina. Lizzy sonrió al verlo salir, Tristan solo asintió y se perdió por los pasillos. Las chicas que escribían los artículos, levantaron la vista de sus ordenadores y suspiraron cuando Tristan pasaba frente a sus ridículos cubículos.
Después de llamar a los bancos y cancelar las tarjetas de su hermano. Tristan lo llamo. Julien no contesto. Tomo esa señal como nada fuera de lo común. Ya que Julien no acostumbraba tomar llamadas de él.
Dejo su motocicleta en el estacionamiento del sótano del edificio en Manhattan donde vivía. Saludo a Larry en la entrada y subió a su departamento de dos pisos. Él mismo había pagado este piso, y se sentía orgulloso de eso. Que daría porque su hermano pudiera tener algo como esto. Tenía la sospecha de que Julien vivía en una habitación de Hotel. Aunque no sabía con certeza que Hotel era. Y a saber de los gustos de su hermano bien podía ser el Hotel Palace. O quizá, solo por hacer rabiar a su madre, era un mugriento Motel.
Sonó su teléfono fijo. Estiro una mano para contestarlo desde su sofá de dos plazas.
-Diga…
-Llego el paquete que esperaba Sr. Van Gulick – Larry, el portero, llamaba desde abajo.
-Seguro. Gracias Larry…
-Hare que lo suban, Sr.
-De acuerdo, gracias.
Tristan se puso de pie. Vivía en el Pent house del edificio. No tardo en escuchar el timbre del ascensor. Un chiquillo traía una bolsa con un traje dentro.
-Gracias – sonrió el niño cuando Tristan le tendió un billete de 20.
Camino a su salita y abrió el zíper de la bolsa negra. Era un traje negro impecable con corbata roja. Un disfraz adecuado para la fiesta de la amiga de Luna.
Afortunadamente había arreglado la estupidez que había cometido en la tarde del jueves cuando había salido a comer con ella. El asunto con su hermano aún era cosa delicada para los Van Gulick. Además de que tenían prohibido hablar de eso. Cosa que molestaba a Tristan. Julien aseguraba que no tenía nada que ver con el asunto de la chica y su sospechosa muerte, y él le creía. Julien podía se cualquier cosa, pero un asesino nunca.
Subió su traje hasta su habitación y decidió llamar a su padre.
-¿Hola?
-Hola, soy Tristan…
-Hijo, ¿Cómo estás?
-Bien, bien. ¿Tu como estas?
-Con trabajo, ya sabes… Mi última mesera encontró un trabajo mejor y renuncio. No la culpo, ser mesera de tiempo completo es una paliza.
-Sí, supongo…
-Hmm… te escucho raro, ¿pasa algo? ¿Tu madre está bien?
-Sí, padre. Es… Julien…
-Oh, ya veo. Él está bien, no se preocupen.
-¿Sabes dónde se queda?
-Sí, pero me hizo prometer que no diría nada.
-Pero…
-Tristan, cuando yo prometo algo, lo cumplo. No defraudare a Julien. Y si tu madre sabe que lo estoy ayudando, le cancelara sus cuentas…
-Muy tarde. Me obligo a hacerlo. Ya sabes sus métodos…
-Sí, esas miradas asesinas. Te entiendo… Ok. Así que Jules tendrá que conseguir un empleo – comento George Hoppus.
-Sí.
-Descuida, Tristan, tu hermano estará bien. No te preocupes, es un chico fuerte…
-Eso es lo que me preocupa.




Charles “Chuck” Cavanaugh




-Maldita sea – gruñía Charles en su escritorio. Las cuentas no cuadraban. Si ultimo contador había renunciado, bonita hora para dejar el negocio.
Pero entonces recordó que Luna tenía una amiga que era contadora. Quizá ella podía ayudarle.
Tomo su agenda y marco el número de oficina de Luna. Un tono, dos…
-¿Diga? – Esa voz no era de Luna. Se aclaró la garganta.
-Buenos días, con Luna Phellan, por favor.
-La señorita Phellan no se encuentra. No vino a trabajar, ¿gusta dejar recado?
-Ham, no. Gracias. Hasta luego.
De pronto recordó que Luna aun organizaba el cumpleaños de Jennifer.
Dejo las cuentas botadas y decidió ir a su departamento. Y si tenía suerte… si, si tenía suerte podía volver a sentir a Luna entre sus brazos. Esa morena lo tenía vuelto un adolescente.
Arranco su motocicleta y en poco tiempo llego al edificio donde Luna vivía. Las últimas semanas ella no lo había llamado para salir al cine. De cierta forma, se sentía desplazado. O ella ya tenía novio, ¿o eran problemas mentales de Charles?
Subió al primer piso y toco con los nudillos en la puerta del 202. Toco de nuevo. Ansioso.
-¡Ay como ching…! - Luna abrió la puerta envuelta en su bata. Copia exacta de las batas de la Nana Fran Fine. -¡Chuck! – sonrió de inmediato.
-¿Puedo pasar? – pregunto Charles sintiendo un tirón debajo del ombligo.
-Seguro… - Luna dio un paso hacia atrás. Cerro la puerta tras de sí, una vez que entro su amigo. -¿Qué haces aquí?
-¿Qué no puedo visitar a mi mejor amiga? – pregunto Charles alzando una ceja. Camino hasta su salita y se sentó en la orilla del diván.
-Sí, si puedes – sonrió Luna.
-¿Te ibas a dar un baño? – pregunto mirando su bata. Y se dijo que daría lo que fuera por tener vista de rayos X, para poder ver a través de la tela de toalla de la bata.
Luna asintió. –Pero puede esperar… - dijo y lo acompaño en la salita. –Te ves muy bien – comento pasando los ojos por Charles. Su amigo sonrió complacido y si, excitado. Luna tenía una forma peculiar de mirarlo. Lo ponía a cien la mirada grisácea de la chica.
-Gracias – rasco su nuca.
-Ya dime a que viniste, Chuck. Es temprano…
-Ni tan temprano, Luns. Pasa del medio día y tú apenas te vas a dar un baño. Lo que me dice que te acabas de despertar. ¿Me equivoco?
-Ok, ya. Me conoces muy bien…
Más que muy bien. Conocía cada pulgada de su moreno cuerpo. Y ese lunar cerca de su ombligo no lo podía sacar de su cabeza.
-Pero también sé que no viniste a una visita de cortesía. Algo quieres y no es dinero – acuso Luna recargándose en el respaldo del sofá. Subió las piernas al sofá y espero a que Chuck se confesara.
-Ok, ¿tienes una amiga contadora, cierto?
-Sip – Luna asintió lentamente. -¿Qué sucede con ella?
-¿Crees que quiera trabajar en la empresa dónde estoy? Mi último contador renuncio – hizo una mueca de desagrado.
-Oh. Podemos preguntarle…
-¿En serio?
-Sí.
Luna se puso de pie y salió al pasillo. Chuck estaba sorprendido. ¿Cómo es que ella se atrevía a salir en bata de su departamento? Chuck la siguió y permaneció detrás de ella. Luna toco un par de veces la puerta y después pulso el timbre como loca.
-¿Qué pasa, Luna? – pregunto Renata. Vestida en con unos jeans viejos y una playera negra descolorida de su banda favorita Strokes. Si ella pudiera, se casaría con el vocalista de la banda, o mejor aún lo amarraría a su cama.
-Ah, hola – sonrió Luna y se lanzó a abrazarla.
Si, ellas vivían cruzando el pasillo. Pero también cada una tenía su privacidad y sus secretos. Aunque más que secretos eran gustos culposos. Claro que después cada una, a su debido tiempo, se confesaban. Era como si estuvieran sincronizadas para confesar y escupir sus más oscuros secretos. Eran un libro abierto.
-Hola – Renata le devolvió el abrazo.
Charles las miraba atónito. Estas chicas, sin duda, eran otro nivel de locura. Se aclaró la garganta.
-Ah – Luna de pronto recordó que Charles estaba detrás de ella. –Rens, ¿recuerdas a Chuck?
¿Cómo olvidarlo?
Esos tiernos ojos azules le encantaban, y esa sonrisa amistosa, definitivamente podían con ella. Pero claro, recordaba que había estado entre las sabanas de Luna, y Renata respetaba lo suyo.
-Seguro, hola Chuck – saludo Renata y evito pasar los ojos por la anatomía bien trabajada del chico frente a ella.
Charles asintió.
-¿Algo que quieras decirle, Chuck? – inquirió Luna impaciente.
-¿Qué? – Chuck se sentía como un pedazo de carne. Por primera vez en su vida eso lo incómodo. –Ah si – regreso al presente. Al lado de esas dos chicas de ojos penetrantes. –Mi empresa necesita un contador… No sé si tú… quisieras trabajar con nosotros.
-Oh. Sucede que ya tengo un empleo. No puedo trabajar de tiempo completo. Pero puedo ayudarlos con los libros una vez a la semana.
-Perfecto. No hay problema si nos ayudas así. Digo, yo estoy perdido por completo. Soy un completo imbécil.
-No presumas – rezo mordazmente Luna. Charles la miro y la empujo con su cadera.
-¡Hey!
Ambas chicas soltaron una risotada.
-Bueno, mejor me voy antes de que empiecen a burlarse de mí.
-Muy tarde, Chucky. Ya nos estamos mofando de ti – Luna lo tomo de la cadera. Charles sintió de nuevo ese tirón. Y una ola de calor lo envolvió. Hora de irse.
-Si, como sea – dijo forzándose a hablar. –Luna puede llevarte a la empresa. Y… ¿cualquier cosa puedo llamarte?
-Seguro.
-Perfecto. Entonces nos vemos después. Dejen de burlarse de mí – murmuro.
-Ya, no sufras Chuck. Cuídate – Luna soltó el agarre de su brazo sobre su cadera.
Luna apreciaba que Charles no cambio con ella aun después de estar juntos. Esa noche jamás la olvidaría. Solo que ahora, ahora no estaba segura de lo que quería.
Charles se alejó de las risas de las chicas, y del perfume exótico de Luna. Ese que lo puso borracho después de pasar su lengua por su cuello. Aun el recuerdo de ese momento lo ponía a cien.
Subió a su motocicleta y con una patada la encendio. Necesitaba pensar las cosas. Pensar y pensar y… Tocarse pensando en ella.
-¡Chuck!
Charles giro a donde venía la voz.
-¿Cómo iras disfrazado? – pregunto Luna y tomo el manubrio de la motocicleta.
Charles bajo la mirada al escote de Luna. Tenso la mandíbula. Podía ver la unión de sus pechos, llamándolo. Era tan descarada que había bajado hasta la calle en esa horrenda bata. La gente que pasaba la miraba y cuchicheaba, ella ni se inmutaba.
-No lo sé, aun no lo decido… - murmuro volviendo a la mirada gris de ella.
-¿Me dirás de que te decidiste más tarde?
-No, claro que no. Tendrás que adivinar – Chuck alzo las cejas.
-Mierda, eso no es justo… Yo iré de… - pero se detuvo.
-¿De qué iras? – presiono Chuck. Sabía que ella se derretía ante el toque de sus dedos sobre los de ella. Lo supo en el instante en que la tomaba en su cama. Luna se estremeció, la piel de sus brazos se enchino.
-Tendrás que adivinar – dijo utilizando el mismo tono altanero de Charles. Dejo el manubrio de la motocicleta negra de su amigo y camino de regreso al Edificio. –Nos vemos, recuerda que es a las 8 de la noche.
-Adiós, gatita.
Ella se volvió con expresión indignada, demasiado tarde para escupir reclamos y groserías, Charles ya estaba sobre la calle, esquivando autos y acelerando de cero a una multa de tránsito.

La fiesta de Jennifer en León se acercaba. Y todos estaban ansiosos por estar detrás de un antifaz y divertirse.

2 comentarios:

Ada Cullen dijo...

Ohh aqui ahi muchos secretos muchoooos... y bueno chicas solo pido que Rosty quede con jenn.. Ahi ya quiwro leer esa fiesta mi Beiu ,.. quede babenado con Chuck!! a los que dejes solos me los envias por mensajeria a qui los cuido

VioletaHerondale dijo...

Ese es mi Chuck! Ve por ella xD
La fiesta! pues que pasa que no llega? sigo sigo....

Las chicas del Té de Lemmon

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